
Foto tomada de Internet.
En la actualidad, no sé si se ha convertido en una práctica cotidiana por necesidad o rutina, o la mezcla de ambas, pero podría asegurar que un tercio de nuestro día a día transcurre en colas.
En una jornada cualquiera me sorprendo experimentando la “famosa” fila, a veces estilo militar, otras con forma y orden casi indefinible, para esperar el ómnibus urbano, pagar la cuenta del teléfono, extraer dinero del cajero o comprar un refresco, tan necesario en medio de este agobiante calor.
El “síndrome de la cola” ha llegado a tal extremo que se pide el último para entrar a la tienda y luego se pregunta qué venden. O sea, que si no hubiese cola no se acercarían a la instalación, pero su simple existencia invita, seduce, intriga: ¿Habrá pollo? ¿Sacaron aceite? ¿Hicieron alguna rebaja?
Y no falta la persona indiscreta que se queda mirando fijamente las bolsas de otro usuario y expresa: “¡hay yogurt!” o “ese se llevó todas las frazadas de piso”.
En fin, hacemos colas y ellas nos dominan, controlan nuestro tiempo, reducen las jornadas laborales, provocan dolores de columna, hipoglicemias, hipertensión y muchos problemas.
Tampoco falta el “cola´o”, el limitado físico que revende lo que compra o la madre que por estos días descubrió que podía alquilar a su bebé para quienes desean acceder de manera rápida a los productos de turno.
Oficinas de trámites, embajadas, terminales, agencias de pasajes, mercados, paradas y hasta discotecas han devenido en sedes por excelencia de la susodicha cola.
Quizás su origen marcó un giro en la organización de los procesos sociales, estableció un orden lógico e instó al respeto por los demás, pero eso no es justo lo que ocurre en la actualidad.
Cola no suele ser sinónimo de civismo. En ellas son habituales la falta de educación, el irrespeto de aquellos que ofrecen los servicios por los que esperan diariamente cientos o miles de personas, pocas ofertas, indisciplinas sociales, entre otras cuestiones que evidencian lo difícil que se hace hoy pedir el último y penetrar en el increíble universo de las colas.
