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El Día Internacional del Trabajo Doméstico (22 de julio), es momento propicio para reconocer el valor de las indispensables labores hogareñas y reiterar la obligación moral de compartirlas equitativamente entre todos.
El trabajo doméstico en el propio hogar no se remunera económicamente, no tiene compensación, ni horario definido y requiere disponibilidad permanente.
En cuanto al trabajo doméstico remunerado, mundialmente se ubica en la más baja escala de salarios, con jornadas laborales extensas, en muchos casos sin reconocimiento de aportes a la seguridad social ni descanso retribuido y a veces acompañado de maltratos y humillaciones.
En muchos países el trabajo doméstico no es una variable incluida en los cálculos del producto interno bruto (pib), pero se estima que su valor económico equivale al 21,7 por ciento del de ese valor económico.
La economía tradicional respalda la subvaloración del trabajo de cuidado y doméstico; no lo incluye como un factor en las cuentas, ni en los índices de calidad de vida. Lo separa del trabajo productivo (que produce bienes y servicios para el mercado, destinados al intercambio o acumulación, y por tanto su realización es reconocida y valorada económica y socialmente; es trabajo mayoritariamente remunerado y generalmente asociado a la esfera pública).
El trabajo reproductivo (cuidado y mantenimiento, no remunerado, realizado principalmente por las mujeres y asociado a la esfera privada), no se considera en los cálculos.
El Día Internacional del Trabajo Doméstico fue declarado oficialmente en 1983, durante el Segundo Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe, para reconocer la contribución social de las labores en el hogar, actividad que, en la mayoría de los casos, realizan las mujeres y que sigue siendo objeto de discriminación, sobre todo desde el punto de vista económico.
En Cuba, la Revolución propició que desapareciera la figura de la criada, esa forma despectiva de calificar a las personas, mayormente mujeres, que servían a los ricos en condiciones cercanas a la esclavitud, por un salario ínfimo y sin derechos laborales, e incluso, ni humanos.
Todavía quedan algunas, al margen de la legalidad, pese a que hoy existen varias actividades autorizadas para el trabajo por cuenta propia que abarcan las tareas más comunes antes destinadas a los criados.
Son las licencias de trabajador doméstico; cuidador de enfermos, personas con discapacidad y ancianos; asistente para el cuidado de niños; jardinero; lavandero o planchador; sereno o portero de edificio de viviendas, y otras.
Note usted que no se nombran en género femenino, pues no son tareas fatalmente exclusivas de las mujeres.
Además, el Gobierno les paga un salario a madres o padres para el cuidado a tiempo completo de sus hijos con graves limitaciones de salud.
Todos ellos, cuentapropistas o familiares de discapacitados, disfrutan de los beneficios laborales y de la seguridad social.
Pero en el propio hogar, incluso en Cuba, en la mayoría de las familias, el trabajo doméstico es una labor invisible, sin reconocimiento, sin pago, con jornadas muy largas, desvalorada y que ni siquiera se considera trabajo, sino una obligación casi natural de las mujeres.
Todavía ellas asumen gran parte, o incluso la totalidad del peso de las labores domésticas, aun cuando tengan un empleo remunerado y las tareas hogareñas impliquen una segunda jornada laboral.
En Colombia, según la Encuesta Nacional sobre Uso de Tiempo (ENUT), las mujeres dedican un promedio de 42,3 horas semanales a las actividades domésticas, mientras los hombres sólo destinan 15,2 horas a esos menesteres.
Ellas dedican el doble o más de su tiempo que los hombres a cocinar, limpiar, lavar la ropa, hacer las compras, cuidar a los niños, ancianos y enfermos.
Como consecuencia, las mujeres ocupan alrededor de un tercio menos de tiempo a la convivencia social, la recreación, el juego, la cultura, el deporte y el uso de los medios masivos de comunicación.
Cifras similares se registran en México y en otros de los pocos países que tienen en cuenta el trabajo doméstico en sus investigaciones económicas, laborales y sociales.
