Todos sabemos que los chapuceros son aquellas personas que hacen sus tareas con desgano y por ende les quedan toscas, torcidas, contrahechas.
Algunos –los pobres– no es que sean descuidados, inclusive muchos son muy dispuestos, pero les falta pericia para determinada clase de labores.
El diccionario de la Real Academia de la Lengua define la palabra también como sinónimo de embustero, aunque en Cuba no se utiliza con ese sentido.
Los chapuceros pueden llegar a ser peligrosos en extremo, sobre todos los dispuestos, que se creen que pueden hacer las cosas bien. Imagínese, por ejemplo, a un cirujano chapucero, que en el mejor de los casos deja al paciente con feas cicatrices; o el constructor, al que se le desploman los edificios que levanta; o al carpintero, que hace sillas que dejan en el suelo a quien se siente en ellas.
Pero el propósito de esta crónica no es precisamente acribillar a críticas a esas personas; se refiere a dos emblemáticos personajes de cortos animados que se caracterizan por su proverbial chapucería.
Son los protagonistas de una serie producida en la antigua Checoslovaquia y cuya versión renovada está siendo televisada nuevamente en estos tiempos a través del canal Multivisión de la televisión cubana. Sus nombres son Pat y Mat.
Estos animados, realizados mediante la técnica conocida como stop motion, y que los cubanos bautizamos como muñequitos de palo, tienen una realización excelente en comparación con otros de su tipo, incluso algunos producidos en los Estados Unidos.
Pero lo que más llama la atención de esos personajes y que ha despertado a mi musa para que escribiera esta postal no es la realización técnica, sino su filosofía.
Entre sus características la que más destaca es, por supuesto, su impenitente chapucería, que los mueve a buscar soluciones descabelladas para resolver problemas y que los llevan a nuevos entuertos y así se van complicando en una especie de espiral ascendente que finaliza en el paroxismo.
Eso es lo que provoca la risa y es, por supuesto, el propósito del animado. Lo que he dicho hasta aquí puede que no sea nada nuevo para el amigo lector que conoce a los personajes de marras. Pero si nos fijamos con cuidado descubriremos en ellos otras peculiaridades.
Una de ellas es su desenfado cuando las cosas se les ponen feas. No importa lo que pase, ante cada tropiezo buscan una salida aunque esta implique romper algo o deshacerse de alguna propiedad. Y unos segundos antes de la debacle final se sienten satisfechos del resultado de sus acciones y se saludan con un gesto característico.
Son también pródigos en su amistad, siempre dispuestos ayudarse mutuamente, aunque al final terminen por poner al amigo en un verdadero aprieto. A pesar de ello nunca se disgustan el uno con el otro.
Su buen humor y su compañerismo son dignos de imitar, en contraposición a su descuido y su falta de destreza. Pienso que si todos fuéramos capaces de reaccionar de forma tan optimista, muchos de los problemas de la sociedad moderna quedarían erradicados.
Por eso, amigo lector, cuando vuelva a ver a los chapuceros en acción, los de la televisión claro, póngale atención y mientras se divierte con sus desatinos, observe y aplauda sus virtudes.

