Crónica de lunes: 500 años, se dice fácil

Fotos y diseño: Gilberto González García

Se dice fácil: 500 años; pero si uno se pone a sacar cuentas la cosa es bien diferente.

En Cuba tenemos un refrán para ejemplificar a un lapso de tiempo que puede ser suficiente para realizar una acción determinada. Por ejemplo, si usted y su media naranja están invitados a una boda, usted la alerta: “Vístete que la boda empieza en solo una hora” y recibe el refrán como respuesta: “No te preocupes que en una hora se mata un burro a pellizcos”.

Pero, si uno le aplica la aritmética, calculando que al pobre asno de marras se le propine solamente un pellizco por minuto, lo más posible es que en cinco siglos se quede en el esqueleto, porque habría recibido nada menos que 262 millones 944 mil.

Quizás la conjetura más precisa sería calcular cuántos borricos se hubieran podido asesinar de esa forma tan cruel en ese intervalo.

Para una ciudad como La Habana, que el próximo 2019 alcanzará su mocedad, luego de medio milenio, ese tiempo representa también bastante; por eso tiene una historia que contar a la vuelta de casa esquina, en cada metro de acera, a la puerta de cada edificio, a la sombra de cada soportal, en cada banco de cada parque.

 ¡Cuántas nuevas edificaciones se habrán levantado! ¡Cuántas habrán sido transfiguradas o demolidas! ¡Cuántos huracanes habrá soportado estoicamente!

¡Cuánto ha crecido más allá de las murallas que otrora la rodeaban! ¡Cuántas personas habrán transitado por sus estrechas y vetustas calles y por sus anchas y elegantes avenidas! ¡Cuántos buques habrán atracado en su bahía con forma de hoja de trébol, símbolo de buena suerte!

Por el puerto habanero entró una buena parte de los africanos sometidos a esclavitud por la fuerza. A la capital cubana venían también a parar los culíes, chinos traídos con engaños para ser sometidos a igual infortunio; de ahí esa otra frase: “Lo engañaron como a un chino”.

Era una época oscura y convulsa en la que el imperio español usaba a La Habana como centro de poder colonial para exprimir todo lo posible de las riquezas de Cuba.

Luego los hispanos tuvieron que abandonar la Isla ante el empuje del Ejército Libertador, pero la victoria fue escamoteada por los Estados Unidos, quiso apoderarse del país con el propósito de convertirlo en  trampolín para caer “con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América” como alertó José Martí en carta a su amigo Manuel Mercado.

Entre los planes que tenían los gringos para la capital cubana no podían faltar los de la mafia, encabezada por los “padrinos” Meyer Lansky y Al Capone, quienes deseaban convertirla en un inmenso lupanar.

Al fin, La Habana fue rescatada por sus verdaderos dueños cuando, el 8 de enero de 1959, llegó un ejército de barbudos en trajes verde olivo y con brazaletes de rojo y negro, liderados por el barbudo mayor, Fidel Castro.

De nada valieron los sables iberos, ni las cañoneras norteñas, ni las triquiñuelas de la mafia, La Habana es, y seguirá siendo, para los cubanos.

Ahora, la Ciudad Maravilla del Mundo Moderno espera, presumida, su primer medio milenio, con la certeza de que recobrará toda su lozanía y será mucho más bella que antes, porque así nos lo merecemos todos los que caminamos por sus angostas calles y sus anchas avenidas.

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Entrada de Fidel Castro en La Habana. Foto: Internet

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