Mi amigo Pepe me vigila a la hora que suelo llegar a mi hogar para abordarme y hacer catarsis de los acontecimientos desagradables que tuvo que vivir durante el día o quejarse de algún mal servicio o del maltrato de algún funcionario enojoso.
Este sábado estaba más locuaz que de costumbre porque recibió la visita de un viejo amigo al que hacía mucho no veía y para festejarlo brindó un par de veces con él. Dos nada más, que quede claro, porque Pepe solo bebe en ocasiones muy especiales y siempre con mucha cautela y moderación.
Mi amigo vive en un edificio multifamiliar que consta de tres escaleras y cada una de ellas da acceso a solo cuatro apartamentos, por lo que se supone que el lugar debería ser bastante tranquilo, sin embargo…
“Periodista –me dijo– ¡qué ganas tengo de mudarme de este lugar! Ya no soporto más vivir aquí”.
Le pregunté cuál era el último suceso, sin percatarme de que lo que tendría que escuchar podría ocupar perfectamente todo un rosario.
“Es que mis vecinos son muy desconsiderados. Por ejemplo, en las puertas de los dos apartamentos del primer piso instalaron recientemente sendas rejas de hierro, y ahora no las cierran, pero tampoco las abren totalmente, de manera que cada una queda atravesada en diagonal en el descansillo de la escalera, dificultando el paso a los vecinos del segundo piso.
“Esto puede parecer algo sin importancia pero tiene dos grandes inconvenientes: primero, si viene uno subiendo con las manos ocupadas es un trastorno para pasar; segundo, si al mover la reja para pasar ésta hace algún ruido, enseguida aparece el vecino en la puerta con cara de pocos amigos”.
Hasta ahí la cosa no me pareció tan grave, aunque indudablemente incómoda. Ya iba a seguir mi camino, pero Pepe me sujetó del brazo y continuó hablando.
“Pero eso no es todo. Los que viven en el apartamento de debajo del mío solo oyen timba y reguetón ¡y a qué volumen! Sin mentirle periodista, los muebles de mi sala saltan con la vibración, para colmo se ponen a corear las canciones a toda voz. Ver la televisión u oír la radio en mi casa ¡ni pensarlo!
“También tienen dos perros que se pasan el santo día y la santa noche ladrando y peleándose entre sí. Pero si esos dos animales pelean, más lo hace el matrimonio del otro apartamento del primer piso, y se lanzan platos y cazuelas cada vez que discuten. Cuando no están discutiendo igualmente ponen la música a todo volumen.
“Y el vecino del apartamento que queda justamente frente al mío ha montado en su casa una carpintería y todo el día se lo pasa uno martirizado con el ruido de la sierra eléctrica y los martillazos. Usted podrá pensar, bueno, al menos de noche se podrá descansar ¡de eso nada! Porque para colmo de males este buen señor se ha conseguido un gallo que se pasa la noche cantando”.
Pepe respiró hondo y yo pensé que ya había acabado, pero su mano seguía atenazando mi brazo demostrando sus pocas intenciones de dejarme partir.
“Eso no es todo, los niños del vecino de los bajos corren escaleras arriba y esclareas abajo, no cuidan la limpieza, dejan la puerta que da a la calle abierta y juegan pelota en la azotea o se sientan en los escalones dificultando el paso. Yo me pregunto si mis vecinos no se dan cuenta que están molestando… o sí, pero no les importa”.
Con la promesa de escribir este relato logré que mi amigo soltara mi brazo, algo lívido ya, y me dejara marchar hacia mi hogar, donde por cierto, los vecinos son muy parecidos a los suyos. Pero sus quejas y mis propias vivencias me hicieron reflexionar sobre la pérdida de valores y la necesidad de rescatarlos para las generaciones venideras con la misma urgencia que requiere restablecer la salud de la naturaleza, porque, entre el cambio climático y la indisciplina social la humanidad no va a llegar muy lejos.


la indisciplina social es algo qu es este país si no se hace algo RÁPIDO por favor autoridades… máximos representantes del gobierno hagan algo por favor ??
cobren multas por la música alta en casas y edificios , multas a los fumadores en transporte públicos.. el gobierno tiene en sus manos la solución APLIQUENLA