Parece increíble el movimiento que se desata en derredor de un cumpleaños, sobre todo, cuando se celebra el primero de una criatura.
Los padres y otros familiares se desesperan porque quieren que la fiesta quede impecable y no escatiman en gastos ni esfuerzos. Se preocupan por el tema de los globos para decorar el local, que si la mayonesa para la ensalada fría, que si el cake, que si los vasitos desechables… en fin.
Todo ello para que los niños del barrio y los de familiares y amigos, aunque vivan distantes, pasen un rato divertido y se llenen la pancita. Así sucede generalmente con excepción del homenajeado, porque este casi siempre termina en llanto, asustado por la gritería, la música y el gentío.
Desde semanas antes, e incluso meses, los padres y otros parientes del pequeño han acopiado materiales y hecho gestiones para que el cumpleaños quede a pedir de boca; sin embargo, cuando llega la hora buena empiezan a fallar los detalles.
Los macarrones para la ensalada, de tanto tiempo guardados, han criado gorgojos; el hielo para enfriar los refrescos no se consiguió porque la fábrica sufrió una rotura; la mayonesa que hizo la abuela se cortó y no hay tiempo (o quizás dinero) para comprarla en la tienda; el payaso no llega; la pasta de bocaditos no apareció… la mar de dificultades.
Cuando llega la hora de empezar la fiesta se encuentran que la cajita del bufet está medio vacía, el tío Pepe se aparece con una tapa de desodorante rosada cubriéndole la nariz para hacer de payaso, el refresco queda medio caliente porque el refrigerador no dio abasto para enfriarlo en tan poco tiempo, la piñata que se desfondó antes de colgarla y hubo que remendarla con papel de periódico, la música hubo que ponerla con el viejo tocadiscos del abuelo porque al encargado de la música se le enfermó una tía repentinamente, y los padres del cumpleañero corriendo de acá para allá y de allá para acullá tratando de poner parches en cada uno de los fallos.
Al final, los niños que asisten a la fiesta no hacen inventario de los productos de la cajita, se divierten de lo lindo con las payasadas de Pepe, bailan al compás del disco de Teresita Fernández y se amontonan unos sobre otros para tratar de coger la mayor cantidad posible de caramelos en la piñata. Todos se divierten, menos el festejado; ese, después de llorar un buen rato se ha quedado dormido.
Al contrario de los niños, los mayores sí se fijan en todo y critican en voz baja: “Oye ¿viste que pálida está la ensalada?”. “Sí, y desabrida. Y el refresco está caliente”. “Yo no sé de donde habrán sacado el cake ¡qué malo está!”. “No, y la música es una antigualla, ahora lo que se usa es el trap”.
Más tarde, poco a poco, se retiran de la fiesta y al despedirse de los padres del homenajeado le dicen con hipocresía que todo les quedó muy bueno. Ellos –los pobres– lo agradecen como un gesto generoso a pesar de saber que les están mintiendo.
Cuando todo ha terminado, fatigados, con el estrés al máximo nivel y la triste certidumbre de que les espera otra intensa jornada recogiendo y limpiando el desorden que ocasionaron los invitados, los anfitriones se quedan mirándose fijamente durante unos segundos y como sincronizados por un reloj exclaman a dúo: “¡Esta es la última vez que hago una fiesta!” ¡Mentira!, al año siguiente vuelven a enfrascarse en el berenjenal de celebrarle el cumpleaños al infante.

