
Policía del tiempo de Fulgencio Batista reprimiendo una manifestación. Foto: Periódico Trabajadores.
Este trabajo muy bien podía haberlo titulado Coralito, en alusión al perro que es el verdadero protagonista de esta historia, que así se llamaba, y que fue uno de los canes que marcaron pautas en mi vida.
Pero de Coralito escribiré casi al final del texto porque primero se hace necesario poner al estimado lector al corriente de los antecedentes y para eso comenzaré hablando de mi madre.
Su nombre era Luisa María y nació en el año 1914 en el batey del central azucarero llamado Delicias, que después del triunfo de la Revolución Cubana sería renombrado como Antonio Guiteras, en la localidad de Chaparra, provincia de Holguín.
Cuando despertaron sus sentimientos de revolucionaria contaba con 16 años. Ella relataba que a esta toma de conciencia la llevó la muerte del líder estudiantil Rafael Trejo, asesinado por un policía de la tiranía de Gerardo Machado al ser reprimida violentamente una manifestación pacífica en la que también resultó herido Pablo de la Torriente Brau.
A partir de aquellos infaustos acontecimientos mi madre comenzó a involucrarse con cuanta causa justa se levantaba en Cuba. Así fue que, años más tarde, se afiliaría al Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo) y llegaría a ser tan cercana a sus dirigentes que recibiría como apodos “la novia de Chibás” y “la españolita de Bisbé1”.
En ese tiempo estuvo muy cerca también de Fidel Castro, Pastorita Núñez y otras personas que fueron relevantes en el proceso revolucionario, antes y después de enero de 1959.
Al instaurar Fulgencio Batista su sangrienta tiranía y comenzar a tomar fuerza en el país la lucha revolucionaria, mi madre se sumó el Movimiento 26 de Julio (M-26-7) sin llegar a ser una luchadora clandestina, pero sí una activa colaboradora, y si no se involucró con mayor profundidad fue porque mi hermano y yo éramos pequeños.
Trasegaba y vendía bonos del M-26-7, guardaba documentos comprometedores y armas en la casa y brindaba otras formas de ayuda a través de un miembro del movimiento nombrado Marcos Peña, quien distribuía mercancías en una camioneta cerrada perteneciente a un comercio que se llamaba La Campana.
Hablemos ahora de Coralito. Era un perro mediano, de color oscuro y sedoso pelaje. Pero más allá de su belleza estaba su inteligencia y su docilidad. Recuerdo que toleraba cosas que yo le hacía que otros canes no soportarían, como tirarle de la cola y las orejas o subírmele encima.
Si mamá salía a alguna diligencia cerca y decidía dejar a mi hermano y a mí en la casa, el perro se echaba en el escalón de la entrada y de allí no se movía hasta que ella regresara, y ¡pobre de quien intentara acercarse a nosotros!
El día de los hechos a que hace referencia el título de este relato a mi madre le avisaron que había sido delatada por un “chivato2” del barrio y recuerdo haberla visto enterrando en el traspatio una lata de galletas marca Gilda llena de documentos peligrosos.
Cuando menos se esperaba irrumpieron en la casa los policías con sus uniformes azules y sus metralletas y comenzaron a virarlo todo al revés. Yo estaba en cama, con fiebre, y uno de los agentes intentó levantarme por un brazo para registrar bajo el colchón. Coralito, que estaba echado bajo la cama, saltó como una fiera sobre el uniformado que quedó paralizado por la sorpresa.
A estas alturas de mi vida aún no me explico qué fue lo que impidió que aquel individuo matara al noble animal.
Luego de concluir el registro sin obtener resultados que incriminaran a mi madre todo volvió a una tensa normalidad. Marcos Peña siguió visitando mi casa a bordo de su vieja camioneta roja, trasegando armas y bonos, y mi madre continuó colaborando con él bajo la fachada de que era un pretendiente enamorado.
Coralito siguió con su rutina de alfa protector de la manada y los acontecimientos siguieron su curso hasta que el primero de enero de 1959 Batista y toda su camarilla huyeron de Cuba para dar paso a la Revolución triunfante.
