Crónica de lunes: ¿cómo enamora usted?

Enamorando. Diseño: Gilberto González García

Diseño: Gilberto González García

Hay muchísimas formas de enamorar a la persona con la que queremos iniciar una relación y cada cultura tiene sus tendencias.

Entre quienes tenemos herencia latina la tradición es que sea el hombre quien dé el primer paso, aunque ahora, con la cada vez más creciente igualdad de géneros, no resulta extraño que la mujer sea la que enamore al hombre y en las relaciones entre individuos del mismo sexo no hay nada escrito.

Volviendo al tema de los métodos, surge en la memoria una canción que se escuchó mucho allá por la Década Prodigiosa, decía así: “Con el insinuante mirar / con una sonrisa feliz / luego las palabras de amor / darán el toque final, ya verás”, recomendación muy idealista de cómo empezar un romance.

En Cuba, para mofarse de quienes vivían en el campo y por el atraso social carecían de nivel cultural, solía decirse en broma “los guajiros se enamoraban tirándose piedrecitas”. Ya eso quedó atrás, porque ahora los residentes en las zonas rurales están tan “espabilados” o más que los citadinos.

Muchas veces el cortejo comienza con una invitación a comer. Un amigo muy campechano (vive en Campeche) confiesa que prefiere iniciar la maniobra de conquista invitando a tacos.

Otras veces la invitación es a bailar y tomarse unos tragos. La bebida puede ser beneficiosa a los tímidos por su efecto inhibidor de la personalidad y porque al momento de la declaración la muchacha está medio embriagada y acepta sin entender a ciencia cierta lo que le están proponiendo.

Los más tímidos pueden enviar cartas anónimas y fijarse en la reacción de la posible pareja cuando las lee, si la arruga entre las manos y se la lleva al corazón o a los labios se puede avanzar un paso en el proceso, pero si después de arrugarla entre las manos la tira al cesto de la basura no hay mucho que hacer.

Muchos prefieren empezar el proceso de seducción haciendo regalos. En la naturaleza del obsequio pueden traslucirse, la personalidad y las intenciones del pretendiente. Los románticos suelen regalar flores, muchas veces hurtadas de algún jardín; los más materialistas, objetos de valor; los prácticos, objetos utilitarios; quienes tienen intenciones de formalizar pueden demostrarlo obsequiando enseres electrodomésticos con los que avituallar el futuro hogar, y los celosos quizás regalen un teléfono móvil para tener bien localizada a su futura media naranja.

También por las dádivas se puede adivinar a qué se dedica el pretendiente y eso es muy importante para la futura pareja; el que regala flores puede que no sea muy romántico, sino que trabaja en una florería o es jardinero; el repostero obsequia dulces a riesgo de convertir a la persona amada en diabética; el orfebre no es raro que agasaje con joyas, aunque sean de fantasía. Entonces nos asalta la interrogante ¿qué podrá obsequiar un sepulturero?

En fin, cada quien tiene sus métodos para hacer evidente su interés por otra persona desde el punto de vista sentimental o sencillamente carnal. Y no faltan aquellos que hacen gala de su desahogada posición económica y ofrecen un futuro de comodidades y caprichos complacidos, pero esos no están enamorando, más bien pretenden comprar una pareja.

Fatalmente, en este mundo que se torna cada día más aficionado a las cosas materiales, abundan esas personas que exhiben ante sus conocidos bellas mujeres o apuestos maridos, pero en la mayoría de los casos no gozan del verdadero amor de su pareja. Mala cosa.

Aquí viene a la memoria la letra de esa otra canción de los 70: “No la busques, hijo, muy bonita / porque al paso del tiempo se le quita / Busca amor, nada más que amor”.

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