Crónica de lunes: esa cosa esplendorosa

Amor, esplendorosa, Diseño: Gilberto González García

Diseño: Gilberto González García

El amor, ese sentimiento que perturba los sentidos, altera el flujo hormonal, acelera los latidos del corazón y nos hace sentir mariposas en el estómago y campanillas de cristal en los oídos; ese privilegio de los seres humanos, es algo maravilloso.

El amor es un concepto muy amplio, pues amamos a nuestros padres, a nuestros hermanos –casi siempre–, a otros miembros de nuestra familia, a muchos de nuestros amigos y a la patria.

Pero el propósito de esta crónica es incursionar en los vericuetos del amor de pareja, el más complejo y tempestuoso que puede padecer o disfrutar el ser humano.

Ni el mismísimo Sigmund Freud podría discernir el momento exacto en el que una persona percibe por primera vez las sensaciones del amor, pues desde muy tierna edad puede que alguna figura nos despierte emociones incomprensibles en ese momento.

Lo cierto es que desde que somos aún niños, pero ya conscientes hasta cierto punto de lo que representa una relación de pareja, nos asalta el amor, ese que sentimos por la niña que se sienta al otro lado del aula, a una distancia que nos parece insalvable.

Durante el recreo la buscamos con la vista y tratamos de acercarnos y si por casualidad su mirada se cruza con la nuestra sentimos el clásico vuelco, como si el corazón se pusiera de cabeza.

El amor más tierno, el que sentimos por la noviecita que tuvimos a los nueve años y con la cual disfrutamos del primer beso que se da “igual que en las películas”; el que nunca dejamos de sentir por ella, a pesar de que un buen día desapareció de nuestra vida para siempre y sin dejar rastro.

Luego, cuando cursamos el cuarto o quinto grado, inevitablemente nos enamoramos de la niña más linda de la escuela, que ya cursa el sexto. Es entonces que, en nuestros sueños, se despiertan los primeros instintos carnales.

Más tarde, cuando llegamos al sexto amamos secreta y pecaminosamente a la hermosa maestra, esbelta, de pronunciadas curvas, ojos profundos, sedoso cabello y piel tostada. Allí se abren a la vida nuestros sentidos.

Después de muchos sueños y algunas locuras propias de la adolescencia y la juventud, un día por fin comenzamos a ver el amor como algo más serio y reposado; sentamos cabeza –casi siempre– aunque queda moviéndose dentro de nosotros ese inquieto bichito que nos hace desviar la mirada cuando pasa por nuestro lado alguien que nos hace revivir amores de infancia y de juventud.

Y si por casualidad nos encontramos con aquella maestra de sexto grado, ya bastante mayor y con un poco de tejido adiposo extra, aunque aún hermosa a nuestra vista, sentimos como el corazón se estremece e intenta pararse de cabeza.

Es que el amor no envejece y siempre está ahí para hacernos sentir espasmos precordiales, porque, como dice la canción, es una cosa esplendorosa.

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