Crónica de lunes: Félix, el desmochador

Izquierda: desmochador trepando; derecha: palmiche en floración, verde y maduro

Izquierda: desmochador trepando; derecha: palmiche en floración, verde y maduro

Félix fue, sin dudas, uno de los personajes más pintorescos de mi infancia; era un negro alto, enjuto y nervudo, de ojos bondadosos y que se caracterizaba porque de él emanaba un olor peculiar, mezcla de sudor, olor de monte, yagua y soga de yute.

Pero, entre sus características personales, la que más resaltaba era que no podía rotar el cuello y para mirar a los lados debía girar desde la cintura, lo que lo hacía lucir cómico a mis ojos de niño.

Su trabajo era uno de los más difíciles y peligrosos que conocí en aquella época y que aún veo con respeto. Era desmochador de palmas reales, o palmichero, como también se conoce ese oficio que ya muy pocas personas practican en Cuba.

Su labor consistía en subir a las palmeras, auxiliándose de unas trepaderas hechas con sogas y tiras de yagua1, y una vez arriba cortar y bajar los racimos de palmiche2, ampliamente utilizados en la alimentación de los cerdos por su elevado contenido en grasa. Los desmochadores también cortan las largas hojas de las palmas, que en el campo son muy utilizadas para techar los bohíos.

Félix era huérfano de letras, pero en cuanto a los números no había quien le pusiera un pie delante; no diremos que era un matemático, pero a la hora de sacar cuentas mentalmente era un verdadero as.

Hombre de carácter jocoso y dicharachero, siempre tenía un nuevo cuento, chiste o acertijo que regalar a quienes quisieran escucharlo, y cuando hacía alguna adivinanza, en espera de la posible respuesta, giraba graciosamente su torso para mirar a sus interlocutores.

Según contaba, su minusvalía se debía a que, siendo joven, se lanzó de lo alto de una palma usando dos hojas como paracaídas, en lugar de bajar poco a poco con los aparejos. Decía que descendiendo de esa manera podría ganar tiempo entre un desmoche y el otro, pero lo más probable es que fuera un impulso de juventud en busca de lo que hoy llamaríamos una descarga de adrenalina. Lo cierto es que el experimento le costó caro; probablemente fue una fractura cervical que por puro milagro no acabó con su vida, pero lo dejó lisiado para siempre.

El accidente le ocurrió en una época difícil, en plena dictadura de Fulgencio Batista, cuando la vida de un negro, pobre y guajiro por demás, no valía nada, así que es muy poco probable que el palmichero recibiera alguna asistencia médica.

La remuneración por el peligroso oficio era exigua, solo cinco centavos recibía por cada racimo de palmiche que lograra bajar a tierra, en una operación que requería cuidado y destreza para evitar que los frutos maduros se desprendieran y se perdieran entre la maleza.

A Félix lo conocí por allá por el 1962 o 1963. En esa época residía yo con mi madre y mi hermano en una parcelación con muy pocas viviendas y con las calles sin terminar de pavimentar, en lo que pudiera definirse como un área de transición entre una zona residencial y otra agreste, donde algunas personas se dedicaban a la crianza de cerdos. Por ello el desmochador pasaba cada cierto tiempo para realizar su dura tarea y ganarse el pan.

En mi casa no había chanchos, pero el hombre solía llegar siempre para descansar un rato y tomarse el agua fresca y la tacita de café que mi madre, siempre solícita, le brindaba. Para mi era una verdadera diversión escuchar sus ocurrencias y una aventura verlo trepar, con sus movimientos parsimoniosos, por los lisos troncos de las palmas.

–Félix ¿y nunca más se le ocurrió probar otra vez a tirarse de una palma?
–¡De eso nada, mi’jo, vaya Dios a saber lo que me hubiera roto!

Notas del autor:
1 – Yagua: especie de vaina de tejido fibroso que rodea la parte superior, verde, de las palmas y de donde nace el nervio central de cada hoja. Suele usarse para envolver las hojas de tabaco ya curadas para transportarlas y almacenarlas.
2 – Palmiche: fruto de la palma, con forma de nuez pequeña de no más de un centímetro de diámetro y con una masa blanquecina y dura en su interior.

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