Crónica de lunes: la burocracia

Diseño: Gilberto González García

La burocracia es uno de los mayores lastres de cualquier sociedad y en ocasiones (casi siempre) es tan absurda que pudiera mover a risa si no provocara enojo y los burócratas son una lacra.

Con perdón de aquellos a los que le sirva el sayo, eso pienso yo. Y no solo yo, José Martí la fustiga en diferentes escritos: “¡Mal va un pueblo de gente oficinista! […] ¡Qué abyecta se vuelve por el pan fácil la persona oficinesca! ¡Cómo quiebra la honra la larga posesión de un beneficio público! ¡Cómo debilita la costumbre de los empleos la energía de los hombres! […] Nuevo queremos el carácter, y laborioso queremos al criollo, y la vida burocrática tenémosla por peligro y azote […] ¡Allí veremos porque son quienes deban, y los mejores, los que ocupen los puestos de servicio, y porque el mérito se los asegure en vez del favor, y no entre en la sangre de la república la peste de los burócratas!”

¡No quiere decir, por supuesto, que todo aquel que se sienta tras un escritorio sea un burócrata en el concepto en que lo atacamos hoy, pues este propio gacetillero pasa la mayor parte de su día ante el teclado de la computadora!

Para mí –y a contrapelo de lo que pueda aparecer escrito en cualquier diccionario– el burócrata es el que, desde su escritorio, se empeña en poner las cosas difíciles, en encolerizar a la gente con su desidia y su lentitud, aquel que parasita las instituciones públicas en bien propio o de algún otro burócrata de nivel superior.

La burocracia adereza muy bien la ensalada de la corrupción, porque fuerza a las personas necesitadas a desviarse del sistema para tratar de que el burócrata cumpla con un trabajo que le viene de oficio pero que él dificulta y retrasa con el propósito de exprimir lo más posible la naranja.

Otros casos de burocracia están dados, no por instinto de acumular bienes materiales, sino por el desconocimiento aparejado al creerse que lo saben todo. “Hace falta el control”, se dicen, y por ello inventan planillas, cuños, firmas y manuales que al final son innecesarios si se aplican medidas más sencillas pero que quizás exigen mayor diligencia.

Pongamos por ejemplo un comedor obrero, uno cualquiera, en el que los tiquetes para almorzar deben comprarse desde el día anterior y han puesto la norma de que un comensal no puede comprar el de otro compañero que no vino a trabajar ese día.

La medida obedece a que algunas personas se han infiltrado y están almorzando en el comedor sin tener derecho a ello porque no laboran en la entidad.

Para que un compañero pueda comprar la papeleta de otro debe presentar entonces una carta firmada por el jefe administrativo y con el correspondiente cuño.

Lo más fácil sería llamar a las personas que no laboran en la entidad y decirles sin ambages “Usted no tiene derecho a almorzar aquí, no venga más”. Pero no, se crea todo un mecanismo burocrático que, al final, es violado por los transgresores, porque como es sabido “el que hizo la ley hizo la trampa”.

Los periodistas somos frecuentemente víctimas de la burocracia cuando vamos a un organismo en busca de información y chocamos con la barrera de que: “Compañero periodista, para decirle en que por ciento se cumplió el plan el año pasado usted debe solicitar autorización del viceministro, por escrito y con cuño”; “Compañero ¡pero si lo que ustedes producen aquí son juntas para ollas de presión! ¡Eso no es secreto!”; “Es cierto, pero hay una norma de la empresa que regula bla, bla, bla… ¡y las normas son inviolables!”

Habría que ver entonces lo que pensaría quien redactó las tales normas, o ese “cumplidor estricto”, cuando van a otra institución a solicitar un servicio y chochan con un muro parecido al que ellos mismos levantaron.

Casi siempre la burocracia esconde intenciones oscuras y cuando no es así esconde ineficiencias, molicie, desconocimiento. Por eso, para que una sociedad funcione bien, hay que coger una escoba y barrer los lastres que la frenan.

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