Crónica de lunes: la guerra y los estornudos

Diseño: Gilberto González García

“En la guerra le caía mucha nieve en la nariz y Mambrú se entristecía, ah, ah, ah, ah, ah… achís”; así comienza una de las canciones infantiles de la argentina María Elena Walsh.

Según relata su texto, los soldados también se habían resfriado y Mambrú –que a todas luces era el jefe– decidió escribirle una carta al rey Pepín.

El monarca, que era un hombre muy justo, al enterarse de la calamidad que sufrían sus tropas, ordenó detener de inmediato aquella guerra; pero solo después que él mismo se contagiara a causa de los gérmenes que habían viajado ocultos en la carta. Hasta entonces había estado muy confortable, en su palacio con calefacción, mientras los militares se enfrentaban a un crudo invierno.

Como la canción es para niños no se habla de todas las desgracias que estaría acarreando aquella guerra y solo se menciona la gripe.

Tampoco se aclara cuál había sido la causa que originó la contienda, pero casi todos sabemos que las guerras siempre son injustas, al menos del lado de una de las partes en conflicto, que por lo regular son los atacantes, porque los agredidos lo que hacen es defenderse, que siempre es una causa justa.

Lo cierto es que las guerras son una enfermedad, como la gripe, solo que ésta no suele ir más allá de los molestos estornudos, dolores musculares y de cabeza y quizás algo de fiebre y escalofríos, mientras que las conflagraciones ocasionan muertes, mutilaciones, miseria, éxodo, destrucción y otros sufrimientos.

Además, los resfriados solo se extienden por unos pocos días, en tanto que algunos conflictos bélicos parecen interminables.

Como quiera que sea, la canción de María Elena Walsh es un cántico a la paz, la alegría y el amor, pues al final todo vuelve a la normalidad y los protagonistas son felices y bailan la gavota, porque, como se dice en su última estrofa: “Es mejor la paz, resfriada, que la guerra con salud”.

Por desgracia, en la vida real las cosas no son tan fáciles y las guerras siempre dejan tras de sí desastrosas secuelas.

Pero eso no les importa a quienes mandan a sus ejércitos al campo de batalla, porque ellos, al igual que el rey Papín, se quedan a buen recaudo en sus palacios con calefacción (o con aire acondicionado, según sea el clima).

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