Crónica de lunes: ¡A las aulas!

Diseño: Gilberto González García

El primer día de clases ¡cuántas sensaciones que se quedan grabadas en la memoria por largo tiempo! Para algunos, un sueño hecho realidad; para otros, una verdadera tortura; para todos, una emoción irrepetible.

La primera vez que asistimos al aula es una experiencia extraordinaria, algo así como atravesar un fino campo de energía para entrar a un universo paralelo. Del lado de allá, tal vez un poco distorsionada por las lágrimas, queda la figura de mamá, de papá o de abuela, según quien nos haya acompañado hasta la escuela; del lado de acá todo un mundo con olor a papel nuevo y madera de lápices; con niños desconocidos que nos miran con igual extrañeza.

Frente a nosotros, recortada sobre el verde fondo del pizarrón, la maestra, ya bastante mayor, con rostro bondadoso como un hada madrina o muy joven y con cara de alegre complicidad.

Algunos niños, sobre todo los que no han asistido a círculos infantiles o guarderías, pueden ser presas del pánico al verse entre tanta gente extraña, lejos de la presencia protectora de sus familiares.

Otros, sin embargo, ansían dar ese paso imprescindible en la ampliación de su entorno social y en la adquisición de nuevas experiencias y conocimientos. A éstos suele ayudarlos mucho el tener hermanos mayores que los han alentado a penetrar en ese nuevo mundo.

El día anterior se movieron diligentes por toda la casa preparando las cosas que iban a necesitar, las libretas, los lápices, el sacapuntas, la goma de borrar y hasta algún pequeño juguete preferido que se escabullirá de polizón en su mochila, e insisten con los padres para garantizar que el uniforme esté listo.

El primer día en la escuela es de aprenderse las rutas de entrada y salida, la ubicación del servicio sanitario, del aula donde estudia el hermano o el amiguito que vive en el mismo edificio.

Es momento de comenzar a relacionarse con sus compañeritas y compañeritos de aula y reconocer, de manera totalmente intuitiva, en cuáles de ellos se puede depositar confianza.

Por la tarde, al regresar a la casa, la indispensable pregunta de los mayores: “¿Cómo te fue en tu primer día de escuela?” Los niños extrovertidos colmarán a los familiares de detalles y anécdotas, mientras que los otros, con los ojos anegados, responderán sencillamente que no quieren volver al aula.

Pero, la vida sigue su paso inexorable y la escuela es un tramo indispensable en el camino a recorrer, y así, a la siguiente mañana, volverán a verse a la puerta del plantel, con su mochila llena de libros, libretas y lápices, en la que se coló como polizón el pequeño juguete preferido.

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