Está visto y comprobado que el diccionario de la Real Academia de la Lengua no está completo, al menos para los cubanos que hemos hecho innumerables aportes al idioma español.
Sí, porque para los que habitamos en esta estrecha y larga franja de tierra verde las palabras pueden tener muchos más significados que los que aparecen en el lexicón.
Veamos, por ejemplo, el vocablo descarga. Tiene unas cuantas acepciones oficiales, la primera de las cuales es la acción y efecto de descargar, digamos mercancías o materiales. Descargar un buque, o un camión.
En arquitectura se trata de aligerar un cuerpo de construcción, cuando tiene peso excesivo, adicionando algún elemento con el cual compartir ese peso.
En cuestiones de electricidad está la acción de privar de su carga a un capacitor, transferir bruscamente un potencial eléctrico de un cuerpo a otro y también la ionización de un gas por la acción de un campo eléctrico, como ocurre en las lámparas de neón. Y están las descargas eléctricas de la atmósfera, esas son temibles.
En el lenguaje militar se pueden mencionar dos descargas; la acción de sacar las municiones al depósito o cargador de un arma y también el fuego que se hace simultáneamente, a una voz de mando, por un grupo de tiradores.
Eso dice el diccionario, pero… a lo cubano, si el jefe acaba de regañarlo fuertemente por una indisciplina, cuando usted sale de la oficina y un compañero le pregunta qué ocurrió, le responde: “Me sonó tremenda descarga, solo porque ayer llegué dos horas tarde”.
Otra parecida es la sufren los hombres casados cuando llegan a la casa pasada la hora acostumbrada y oliendo a cerveza o a ron, porque si el olor que se percibe es a perfume femenino la descarga que puede recibir es la de la pesada mano de la esposa en pleno rostro.
Llamamos también descarga a la que se soporta cuando un conocido se desahoga contándole a usted sus cuitas de amor, sus problemas familiares o laborales, los que por línea general a usted no le importan. Si el hombre se ha tomado unos cuantos tragos tratando de ahogar las penas y le da por aferrarse a su cuello mientras le echa en pleno rostro su vaho alcohólico… ni qué decir.
Estas son descargas desagradables, pero ahora vienen las buenas, las sabrosas. Entre ellas está aquella que se forma cuando un grupo de artistas se reúne sin guion y cada cual hace lo que mejor sabe; unos cantan, otros recitan y otros hacen cuentos o chistes.
De este tipo de reuniones, que se hacían a mediados delo siglo XX en el callejón de Hamel, en Centro Habana, surgió esa forma particular de interpretar el bolero que llamamos filin.
Cuando se hacen con público las llamamos peñas, pero las buenas de verdad son las más íntimas las que se acompañan de su traguito de ron y su saladito para picar entre trago y trago, entre canción y verso.
Parecidas son las reuniones informales, casi siempre sin motivo, en las que un grupo de amigos que no cantan ni recitan disfrutan escuchando música y conversando mientras le hacen los honores a Baco. Siempre que las libaciones sean con moderación, con la música y la conversación a bajo nivel para no molestar a los vecinos, todo el mundo sale contento.
Si se está hablando de algo, desde la música a la arqueología, y un cubano le dice “yo le descargo a eso”, no lo dude, quiere decir que conoce del tema o que le gusta. También llamamos descarga a la acción de enamorar a una muchacha, sobre todo si lo hacemos con una verborrea desmesurada. Entonces puede que la fémina mire fijamente al pretendiente y le diga: “No me descargues más que tú no eres mi tipo”.
Ya ve usted, estimado lector, el alcance que puede tener un vocablo entre los cubanos, en este caso “descarga”. Por cierto, se me olvidaba una imprescindible, la del inodoro…

