Como dice la canción de Juan Almeida que fuera popularizada por la cantante Farah María, cuando hay juventud no hay experiencia y cuando llega la experiencia hace falta juventud.
Envejecer sin sufrir graves percances es todo un arte, se requiere habilidad y sano entendimiento para no dejarse arrastrar a malas prácticas o vicios y para escapar de accidentes y enfermedades prevenibles.
En ese sentido, el acompañamiento de la familia y los maestros es primordial en los años de infancia, pero cuando la persona se independiza y crea su propio mundo solo quedan las enseñanzas recibidas y el sentido común.
Por ello, hacerse viejo es un proceso que suele ser muy complejo y lleno de variantes de acuerdo con las características de cada individuo y el entorno en que se desarrolló.
Hay quienes arriban a la tercera edad fuertes, sanos y felices; otros arrastran durante largos años múltiples dolencias, alguna de las cuales puede llegar a costarles la vida.
Algunos disfrutan rodeados del cariño y los cuidados de sus familiares, mientras que otros, trágicamente, son menospreciados, apartados y hasta abandonados.
Sin embargo, envejecer no es sinónimo de volverse inútil, pues si bien la fuerza y la agilidad suelen disminuir con el paso del tiempo, la experiencia –inversamente proporcional– aumenta y puede resultar de mucha ayuda a las personas que nos rodean.
El amor tampoco nos abandona a la edad avanzada; está más que demostrado que los adultos mayores no tienen por qué renunciar al placer erótico, solo ajustarlo a las posibilidades de cada cual.
Sentirse viejo y desgastado es más una actitud filosófica que una cuestión fisiológica. Se puede trabajar, estudiar, realizar actividades al aire libre, ejercitarse física y mentalmente y también se puede ilustrar a los más jóvenes para que la experiencia no les llegue solamente con el tiempo y los avatares de la vida.
Cuba es un ejemplo de las posibilidades que pueden gozar las personas que acumulan muchos años de vida y en ese sentido cabe destacar a la Universidad del Adulto Mayor, en la que muchas de las ponencias elaboradas por los participantes exhiben una calidad que envidiaría cualquier joven universitario.
¿Qué recomendarles a los más jóvenes? Primero, no olvidarse de que algún día les tocará llegar a la ancianidad y que entonces no querrán sentirse apartados como un mueble viejo y desvencijado.
Segundo, recordar la inestimable sabiduría adquirida gracias a las personas mayores que forman parte de su entorno y que les ha valido para un buen desempeño en la vida.
Tercero, tener en cuenta que los adultos mayores merecen respeto, atención y cuidados para ser felices y disfrutar de una vida plena.
Y usted, estimado lector que ya traspasó el umbral de la tercera edad, no permita que los años lo aplasten, viva y disfrute a plenitud porque, como dice esa otra canción de la trova tradicional “Joven ha de ser quien lo quiera ser por su propia voluntad”.

