La vida transcurre de manera cotidiana, día a día, minuto a minuto, hasta a veces nos parece monótona por ser tan habitual.
Muy temprano en la mañana tomamos el ómnibus para ir a nuestros respectivos trabajos. Los médicos hacia los hospitales, los constructores hacia las obras, los mecánicos hacia sus talleres, los oficinistas hacia sus oficinas, en fin, cada uno a su oficio, como escribiera José Martí en la fábula La montaña y la ardilla.
Un poco más tarde, en los ómnibus predominan jóvenes uniformados que se dirigen hacia sus respectivos centros educacionales, mientras que por las aceras transitan los más pequeños que estudian los grados de la primaria.
Poco a poco las calles se van llenando de personas, los que van a formalizar algún trámite, a consultar al médico, a realizar las compras del día o simplemente a visitar a un amigo.
Por la tarde, después de la jornada laboral, volver a la casa, el imprescindible baño para combatir el calor del día y, mientras las amas de casa se afanan en la confección de la comida, leer el diario, ver la televisión o escuchar música.
Más tarde disfrutar de algún juego de béisbol –u otro deporte– o de la telenovela de temporada, según el gusto de cada cual. Luego, quizás hacer el amor y dormir, porque al siguiente día hay que seguir la brega.
Los fines de semana relajarse, salir a pasear con la familia, jugar al ajedrez o al dominó con los amigos o simplemente ver la televisión. Es la cotidianidad de la vida en un país que vive en paz y cuyos ciudadanos gozan de los derechos fundamentales.
La seguridad de saber que nuestros hijos podrán seguir estudiando sin que tengamos que pagar por ello y sin que un alumno enojado entre al recinto escolar con un arma de fuego disparando a diestra y siniestra.
Es saber que no vendrá un terrateniente a desalojarnos de la tierra sobre la que hemos derramado nuestro sudor por muchos años; la certeza de que no vendrá la Guardia Rural con su “plan de machete”.
La tranquilidad de saber que si llegamos al hospital, accidentados o enfermos, antes de atendernos no nos van a preguntar en qué forma pagaremos; que no tendremos que darle nuestra cédula electoral a un político corrupto para obtener un ingreso hospitalario, sino que el día de las elecciones iremos a las urnas por nuestra propia voluntad para votar por los candidatos que nosotros mismos elegimos a mano alzada.
Es la convicción de que tenemos un mínimo de alimentos disponibles por los que pagamos precios ínfimos.
Como asegura el cantautor Pablo Milanés en uno de sus temas, no es una sociedad perfecta; hay cosas que perfeccionar, cosas que crear, lunares que borrar, males que extirpar.
Pero en nada se compara con las tragedias que viven millones de personas en mundo, asediados por el hambre, la pobreza, las guerras y las enfermedades; seres humanos que viven en la miseria, incluso en los países ricos regidos por las más crueles formas de ejercer el poder.
En Cuba, por el contrario, sí podemos hablar de derechos humanos sin que tengamos que mentir o esconder los lunares que todavía debemos erradicar. Porque, como escribiera el poeta nacional cubano, Nicolás Guillén, “Tengo lo que tenía que tener”.

