Crónica de lunes: los chistes

¿Le gustan a usted los chistes? es poco probable que haya alguna persona que no esboce aunque sea una ligera sonrisa al escuchar un chiste, no cualquiera, sino uno bueno.

Los cubanos somos dados al humor y a los chascarrillos, a lo bufo y a la sátira. José Martí definió la sátira como algo esencial para el mejoramiento humano y de la sociedad y lo hizo con una sentencia irrefutable: “La sátira ha de ser a la sociedad como un látigo con cascabeles en las puntas”.

Volviendo a esa cualidad de los cubanos de estar siempre prestos a los chistes, parece que cualquier momento es bueno para soltar alguno de esos relatos cortos con finales inesperados e hilarantes.

No es raro que en un funeral alguna persona se incline hacia el que está a su lado y le diga: “Esto me recuerda el cuento del esqueleto que estaba fumando y entonces…”.

Cualquier momento puede ser propicio para soltar un chiste, sobre todo si viene al caso porque ha ocurrido algo que tiene que ver con su argumento; las oportunidades más adecuadas son aquellas en las que nos encontramos relajados, reunidos con personas de nuestra confianza y si hemos disfrutado de algún licorcito –siempre con moderación– mucho mejor.

Hay diversos tipos de chistes que se cuentan según las circunstancias y el grado de afinidad que tengamos con los presentes. Predominan los llamados chistes verdes, a los que los cubanos denominamos como “cuentos de relajo”, basados sobre todo en temas relacionados con el sexo.

Están esos otros que no tienen que ver con la más universal de las actividades humanas, pero que contienen palabras o se basan en temas procaces.

Hay otros relacionados con supuestas características de las personas de acuerdo con su nacionalidad o la región en que viven. En Cuba eran muy comunes los que aludían a los chinos, los gallegos, los pinareños* y los guajiros, tildándolos de ser ingenuos o de pocas luces, pero la vida ha demostrado que son conceptos erróneos y ya no se escuchan mucho.

También hay chistes ingeniosos, que nos ponen a pensar, y algunos llegan a ser tan inteligentes que se vuelven inteligibles. Entonces a quien lo dijo no le queda más remedio que explicarlo y la risa, si es que llega, llega tarde.

En sentido general, lo que hay son chistes buenos y chistes malos y en ello influye mucho la habilidad de cada cual para contarlos. Hay quienes imitan acentos del habla y hasta hacen señas y gestos y se apoyan con onomatopeyas.

Hay diversas clases de chistosos. Por ejemplo, el que siempre pregunta antes de empezar si los oyentes ya conocen el cuento que pretende hacer; hay otros que no preguntan, pero escrutan las miradas de sus interlocutores desde que pronuncian las primeras palabras para ver cuál es el efecto causado, también está el que empieza a reírse desde que empieza a contar el chiste. Por último están los pesados, los que no generan risas por muy bueno que sea lo que está contando.

Y qué poco afortunado aquel contador de chistes que cuando empieza con uno de sus relatos sale alguien de los presentes y dice: “Sí, ese el del paracaidista con mala suerte; cuando llegó al suelo ya se había acabado el almuerzo”.

En cuanto a los oyentes, también hay diferentes tipos, unos más receptivos y predispuestos a la risa; otros indiferentes, o quizás duros de entendederas, a los que no hay quien les haga curvar los labios y todo al contrario están los que se desternillan aun cuando todavía no han contado el final.

Cada país o región geográfica tiene sus estereotipos para hacerlos protagonistas de los chistes. En Cuba tenemos al socorrido Pepito, un personaje de edad indeterminada aunque suele representarse como un niño, pero ¡qué niño! Sus ocurrencias no tienen límites.

Los chistes suelen evolucionar al compás de los tiempos; así, lo que hace años ocurrió con una carreta tirada por caballos, quizás hoy lo situemos a bordo de un auto Lada y puede que pronto pase a otra marca porque los Lada están en un natural proceso de extinción.

Hay individuos que son verdaderos expertos en elaborar y contar chistes. Un amigo de este cronista llevaba siempre consigo una pequeña libreta en la que prácticamente los coleccionaba. Solo anotaba una frase u otra referencia que le recordara el argumento y lo demás lo guardaba en la memoria. Llegó a tener más de 300 chistes en su colección.

En los chistes se apoya parte del trabajo de los humoristas, sobre todo cuando trabajan en centros nocturnos, donde pueden ser más explícitos porque están entre adultos.

En nuestro país, si hubo un verdadero maestro en ese difícil arte, fue sin lugar a dudas el comediante Argelio García Rodríguez, Chaflán. Él podía enfrentarse al auditorio para hacer cuentos subidos de tono sin ofender para nada el oído de algún espectador sensible y, por el contrario, destapar la botella de la burbujeante risa.

*Pinareño: oriundo de la provincia de Pinar del Río, la más occidental de Cuba. El hecho de que se consideraran atrasados es un rezago del pasado, cuando la provincia era una región de la Isla totalmente abandonada por los gobiernos, a pesar de sus riquezas naturales.

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