“Cada vez que me acuerdo del ciclón, se me enferma el corazón” dice el estribillo de una vieja guaracha titulada El trío y el ciclón que popularizara el trío Matamoros, y el dichoso estribillo resuena en la mente de este gacetillero ahora, cuando apenas salimos de la terrible amenaza del huracán Irma.
No sería consecuente con la realidad si este lunes no dedicara un espacio a hablar de esos eventos climáticos que se hacen cada vez más frecuentes y destructivos porque los seres humanos, en nuestra infinita ignorancia e insensatez, les echamos constantemente combustible al hacer que se eleve la temperatura en el planeta.
Hasta mis ocho o nueve años, un ciclón o un rabo de nube* eran casi un evento festivo, algo que se veía pocas veces y, por suerte, siempre desde lejos. Pero en 1966 estaba estudiando en un colegio de internado en el municipio del Cerro cuando atravesó sobre La Habana el huracán Alma de categoría tres.
A los alumnos nos evacuaron hacia las instalaciones de la Ciudad Deportiva y allí nos aburrimos por horas mientras el Alma hacía de las suyas en la ciudad, mas nosotros no veíamos lo que estaba ocurriendo. De pronto cesó el viento y la lluvia como por arte de magia y el Sol asomó su rostro bonachón sobre la húmeda tierra.
¡Qué bueno, se acabó el encierro, ya podemos salir a jugar! Nada de eso, alrededor de una hora más tarde volvió a hacerse patente el fenómeno con todas sus fuerzas, solo que ahora los vientos rugían en sentido contrario al que traían anteriormente. Después supe que todo aquello se debía a que el ojo del huracán había pasado justamente por encima de nosotros.
La mayor impresión la recibí cuando, por fin, el organismo se alejó de Cuba permitiendo que volviera la calma y pudimos salir del albergue con rumbo a nuestros domicilios. El paisaje era desolador: paredes completas derribadas, gruesos árboles arrancados de raíz, postes y cables de las redes eléctricas y telefónicas caídos, ramas de árboles y otros escombros desperdigados por doquier… fue entonces cuando tomé real conciencia de lo destructivo que resulta un fenómeno de esa clase.
Por suerte, Irma no llegó a pasar sobre La Habana y limitó a “acariciarla” con sus descomunales vientos, porque, si hubiera seguido una trayectoria similar al Alma de 1966, la ciudad hubiera quedado devastada. Con todo y eso, causó bastante daño según se aprecia en las imágenes.
La noche del sábado 9 al domingo 10 fue un verdadero infierno, aun para quienes tuvimos la suerte de poder quedarnos en casa. Fue peor la suerte de los residentes en otras regiones de Cuba que resultaron castigadas con mayor fuerza.
Amiga y amigo que han tenido la paciencia de leer esta columna hasta el final, mientras tecleo estas desordenadas palabras veo en el mapa que Irma ya está sobre la península de la Florida, como una gigantesca máquina cortadora de césped, y algunas impresionantes imágenes de la destrucción que está ocasionando.
La presencia de este huracán tan intenso, acompañado por otros dos ciclones, debe servirnos como un llamado más a la reflexión para empezar a hacer todo lo necesario para detener y revertir los daños que causamos a la naturaleza.
*Rabo de nube: tornado (Nota del autor).

