Hay prestidigitadores que nos asombran con sus inexplicables trucos que parecen resultados de la magia real.
No hablemos de esos, vestidos de frac, tocados con chistera y con el viejo artilugio del conejo que sale del sombrero, el dado que cambia de posición dentro de la caja, o la mujer cortada en dos.
Sino de esos magos callejeros, ataviados con pantalones de mezclilla y pulóver, que hacen ante su audiencia trucos tan sorprendentes como el de meter el teléfono móvil de un espectador dentro de una botella y luego dejarlo con la difícil encomienda de sacarlo ¿Trucos cinematográficos, juegos de cámara, edición de video? ¡Quién sabe!
Otros van más allá y realizan sus actos en vivo, ante los ojos del público que puede tocar con las manos al artista mientras trabaja. Todo es un engaño basado casi siempre en desviar el foco de atención del espectador del centro de la acción o de adivinar interpretando sus respuestas fisiológicas.
Eso sin contar que cada vez con mayor intensidad la ciencia y la tecnología sirven de apoyo a los prestidigitadores.
Lo cierto es que algunos son tan buenos que llegan a crear la ilusión de que en verdad poseen poderes mágicos, pero ¿se imagina usted que la magia existiera en realidad?
¡Cuántas cosas buenas pudieran hacerse! Acabar con las guerras, erradicar el hambre, terminar con las enfermedades y otras tantas.
Aparte de esas acciones globales, este gacetillero, por ejemplo, haría explotar esos aparatos reproductores de música que algunas personas hacen funcionar a todo volumen, o que cuando alguien vaya a soltar en público una palabra obscena en su lugar le saliera un rebuzno, o que la basura que se tira a la calle volviera a la casa o al bolsillo de quien la tiró.
Eliminaría la bravuconería, la falta de respeto, el robo, el engaño, la envidia, la violencia doméstica, la desfachatez con que se comportan algunas parejas en la vía pública, la falta de urbanidad… en fin.
Por otra parte, cuántas serían también las malas acciones que se llevarían a cabo si quienes poseyeran los poderes mágicos fueran personas marcadas por el odio o la ambición.
Por eso, y sabiendo que la magia no es más que una ilusión, es mejor trabajar con nuestros propios esfuerzos para lograr un mundo mejor que no esté regido por los más oscuros sentimientos que se albergan en los corazones de los seres humanos.
Un mundo en el que la vida, en todas sus manifestaciones, tenga el valor que merece; en el que las personas gocen de los mismos privilegios sin distinción de origen, nacionalidad, cultura, color de la piel o creencias religiosas.
Un mundo en el que todos seamos una gran familia.


