Crónica de lunes: manías

Diseño: Gilberto González García

Diseño: Gilberto González García

Lo que gusta a unos desagrada a otros, es natural, lo que es bueno para algunos puede ser perjudicial para los demás; aunque hay cosas que por mucho que le agraden a una parte de las personas son dañinas para cualquiera, como el tabaco.

Entre las cosas que suelen ser perjudiciales están las manías, incluso muchas alcanzan el rango de enfermedad si se tornan incontrolables.

El diccionario Espasa Calpe de la lengua española define la manía como: “Preocupación fija y obsesiva por algo determinado, costumbre extraña, caprichosa o poco adecuada”, entre otras acepciones.

Entre las más peligrosas de estas conductas se encuentra la megalomanía, que consiste en creerse superior a los demás, algo que padecieron los faraones y emperadores de la Roma antigua, y más recientemente muchos de los presidentes de los Estados Unidos de Norteamérica.

Pero quien ostenta el récord mundial de esta obsesión, nada deportiva, es sin lugar a dudas Adolfo Hitler. Su megalomanía llevó al mundo al borde de la destrucción y causó la muerte a más de 50 millones de seres humanos. Lo peor fue que logró contagiar su enfermedad a la gran mayoría de los alemanes.

Por desgracia, no son pocos los que padecen esta manía y no son solo aquellos que ocupan posiciones de liderazgo. Por ahí los ve usted, por la calle, interponiéndose en el camino de los demás, o molestando a los vecinos con sus atroces y ruidosos aparatos de música, o como dirigentes administrativos, haciendo lo que les da la gana con los recursos que el pueblo pone en sus manos para que los administren; porque ellos se creen que son omnipotentes y que tienen derecho a todo, aunque no se lo hayan ganado.

Entre las manías peligrosas, aunque no de tan gran magnitud, está, por ejemplo, la dipsomanía, que impulsa a ingerir bebidas alcohólicas; la erotomanía, deseo sexual incontrolable; la fagomanía, obsesión por los alimentos y por comer; la leteomanía, interés desmedido por los narcóticos; la plutomanía, avidez exagerada de riquezas, y la piromanía, que se define como la compulsión irracional por encender fuego o provocar incendios.

Otras, no tan dañinas, pero que pueden resultar muy molestas, son, la logomanía, obsesión compulsiva de hablar; la mitomanía, costumbre de mentir continuamente, falseando la realidad, exagerándola y haciéndola más deseable; la cleptomanía, compulsión por robar, y la coprolalomanía, que arrastra a las personas a decir obscenidades sin poder evitarlo.

Hay muchas más, algunas relacionadas con acciones involuntarias como hurgarse en los oídos o la nariz.

La modernidad ha impuesto nuevas manías, como la relacionada con los teléfonos inteligentes, de los que muchas personas no pueden separarse ni un segundo y que ya la ciencia reconoce como una obsesión.

Pero hay otras que no son manías, sino más bien malas costumbres, como  invadir los espacios de otros, fumar en lugares inadecuados, no respetar el derecho ajeno, ensuciar la ciudad, escuchar música a deshoras o a niveles exorbitantes y gritar desde la calle para que los escuchen desde los pisos altos, entre otras.

Si bien las manías se clasifican como desajustes psíquicos y suelen necesitar la ayuda de un especialista para poder librarse de ellas, las malas costumbres pueden ser erradicadas simplemente haciendo caso a la conciencia y el sentido común y en los casos de personas privadas de estos dos imprescindibles elementos, con la intervención de las autoridades competentes.

Escena del filme El Gran Dictador, en el que Charles Chaplin ridiculiza a Adolfo Hitler

Escena del filme El Gran Dictador, en el que Charles Chaplin ridiculiza a Adolfo Hitler

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