Crónica de lunes: nuestro mayor tesoro

Diseño: Gilberto González García

Diseño: Gilberto González García

El idioma –ya lo han dicho con mucha razón los académicos– es un organismo vivo, porque está en constante crecimiento y desarrollo; pero ¡cuidado! porque la regla de oro de la naturaleza asegura que los organismos vivos también mueren.

Todos lo sabemos, los seres vivos no siempre mueren a causa del ciclo natural, es decir, de viejos; muchas veces mueren de enfermedades, y los idiomas pueden enfermarse si abusamos de ellos.

El lenguaje es el signo más distintivo de la diversidad y más representativo del patrimonio cultural de un país o grupo de países, aunque en el mundo actual tienden a mezclarse y solaparse a causa del constante movimiento de las personas y de la globalización.

Es natural y puede que en un futuro la globalización alcance una dimensión tal ­ que todos los idiomas se mezclen formando uno solo en el que seguramente predominará aquel cuya difusión haya sido mayor durante el proceso ¡Qué para bien sea! De hecho ya el esperanto es un intento de implantar una forma de comunicación universal, pero la sociedad mundial no está aún preparada para eso.

En cambio, lo que predomina en el mundo actual es la tentativa de establecer el poder hegemónico de los países más poderosos sobre los demás y en ese propósito el idioma juega un papel decisivo.

Este no es un fenómeno nuevo, ha venido ocurriendo desde la época del imperio romano y quizás antes, pero con la colonización del continente americano y el área del Caribe se hizo mucho más notorio cuando los conquistadores impusieron sus idiomas a los conquistados a fuerza de hierro y fuego.

Luego ocurrió otro fenómeno, la emigración forzada desde África a causa de la esclavitud trajo a estas tierras muchos vocablos que se sembraron definitivamente en el habla de cada uno de los países, modificándose y mezclándose con los remanentes de la lengua aborigen y la que los colonizadores trajeron.

Así por ejemplo, en Cuba persisten muchas de las palabras que usaban los mal llamados indios que habitaban el archipiélago cuando llegaron los españoles. Esto se ve con mayor frecuencia en los topónimos; por cierto, el propio nombre del país es uno de esos casos junto con otros nombres como Guanabacoa, Habana, Baracoa o Camagüey. También usamos muchas palabras de origen asiático que fueron traídas por los inmigrantes árabes y chinos desde el siglo XIX.

Más tarde, ya en el XX, la gran explosión imperialista de los Estados Unidos, con su afán expansionista, hizo llegar a nuestro país muchos vocablos ingleses, algunos de los cuales se modificaron y se insertaron en el habla popular. Aquí podemos poner por ejemplo la palabra frigidaire, para designar a los refrigeradores y la palabra “bisne” deformada a partir de la inglesa business (negocio).

Hoy la tecnología es responsable de ese proceso de transculturización mediante el cual la lengua nacional se nutre y ensancha, pero en la mayoría  de los casos innecesariamente, porque si ya nuestro idioma tiene términos para designar algunas partes y procesos tecnológicos ¿por qué usar los foráneos? Por ejemplo: si usted puede decir placa base ¿por qué motherboard? si usted puede decir ratón ¿por qué mouse? si usted puede decir pantalla o monitor ¿por qué display? Y así sucesivamente.

En tanto otras palabras que vienen en los programas informáticos no tienen una traducción que se ajuste exactamente a lo que representan, aunque tampoco en inglés se ajustan exactamente. Tomemos por ejemplo el proceso de convertir un proyecto de video a la película ya terminada. En los editores de video viene como render que significa, dar, entregar, devolver y rendir. Nosotros, sin sonrojarnos, decimos “renderizar”.

Otras palabras, que no tienen nada que ver con la computación, se han tomado del inglés y se han ajustado sin el menor recato, haciendo que luego signifiquen algo diferente a lo que deberían. Para aclarar esto pongamos por ejemplo un término que se usa ahora con frecuencia sobre todo en los documentales para designar accidentes que ocurren por causas carentes de toda lógica y es una mala traducción del inglés: bizarro. El término en inglés es bizarre que significa raro; pero ocurre que en español la palabra bizarro quiere decir valiente, gallardo, generoso, espléndido.

También se usa con mucha frecuencia la palabra desapercibido en lugar de inadvertido y hasta algunos afirman que ya está aprobada por la Real Academia de la Lengua con ese significado. Pues bien, no aparece como tal en el diccionario de la Rae.

Estos son algunos ejemplos de cómo el idioma cambia y a veces se deforma por diversos motivos y por ello debemos tener mucho cuidado con lo que decimos o escribimos y mucho más cuidado debemos tener quienes lo hacemos para el gran público, porque suele tomarse como cierto lo que un profesional de la palabra dice o escribe.

Cuidar nuestro idioma es un imperativo, porque es nuestro mayor tesoro cultural y a nadie le gusta que le roben su tesoro.

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