Crónica de lunes: el miedo

Diseño: Gilberto González García

Dicen que tener miedo no es malo, que lo importante es saber controlarlo y que el miedo nos ayuda a preservarnos ante situaciones difíciles o de riesgo.

Es cierto, el miedo es una reacción natural y heredada de nuestros ancestros primitivos a quienes ayudó a conservar la vida, aunque ellos también debieron aprender a controlarlo, por ejemplo, cuando intentaban cazar un animal grande o peligroso.

El miedo viene en diferentes tamaños e intensidades, de acuerdo con la situación y las características de la persona. Hay quien solo siente temor ante una tormenta eléctrica, mientras que a otros les produce terror pánico y cuando suena el primer trueno no saben dónde meterse.

De ahí las creencias absurdas, como la que asegura que los espejos atraen los rayos y que ese peligro se conjura cubriéndolos con un paño negro, como si la superficie reflectante fuera un pararrayos y el paño fuera suficiente aislante para detener el altísimo voltaje de una descarga atmosférica.

Hay otros miedos desmesurados ante situaciones que son ciertamente peligrosas, como un insecto cuya picada es venenosa, como un escorpión o una araña, pero que no atacarían espontáneamente a una persona, sino solo cuando se sienten amenazados.

También hay quienes sienten temor ante cosas que, sencillamente, no existen o no son peligrosas.

El miedo puede llegar a ser, en sí mismo, el peligro, tanto para quien lo siente como para quienes están cerca de él. Además es un arma poderosa cuando se usa para desestabilizar a un enemigo.

Pero también puede provocar situaciones hilarantes o disparatadas que la mayoría de las veces causan risa a todos, menos a quien sufre el pánico y burlarse de él o ella no ayuda en nada.

Todos sentimos miedo, en una u otra ocasión, de mayor o menor intensidad, quien no lo sienta no puede llamarse humano.

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