Crónica de lunes: pregones electrónicos

Pregones electrónicos

Pregón electrónico: Diseño: Gilberto González García

Hace algún tiempo publicamos un trabajo titulado Pregonero a tu pregón en el cual escribimos acerca de la gracia con la que los antiguos vendedores ambulantes anunciaban sus mercancías y de cómo esa práctica se ha ido degradando.

Lo cierto es que el pregonar llegó a convertirse en un verdadero arte y hasta  en un género de la música. Anunciar las mercancías puede llegar a ser vital para el éxito del negocio, pues la forma agradable de hacerlo incita al cliente para que compre; ya lo dice la canción El Panquelero, de Abelardo Barroso: “sus productos provocan comprarle, por oírle tan solo pregonar”.

El paso del tiempo, el crecimiento de la demanda, la disminución de la oferta  y el detrimento de los valores culturales en algunas personas, han llevado a que el arte de pregonar se haya perdido casi por completo, al menos en Cuba.

Ahora se escucha, por ejemplo, una voz destemplada que grita: “Hay escoba, hay haragán, hay recogedor”, y si usted necesita alguno de esos aperos de limpieza y tiene el dinero para comprarlo, se asoma al balcón y grita también para que el vendedor (o vendedora) no se vaya antes que usted pueda bajar la escalera.

Aquel que recorre La Habana pudiera pensar que el vendedor de pan es el mismo en todos los barrios y se preguntará cómo es posible; pero la explicación es otra y bien sencilla por cierto ¡todos pregonan igual! “¡Panadero, panadero, el pan de flauta, la bolsa de pan suave, la galleta con sabor a mantequilla!” Y cierran la arenga con un sonoro silbatazo que amenaza con perforarnos los tímpanos.

Solo se salvan de esta estandarización algunos amoladores —de esos que al decir de Aquiles Nazoa viven de fabricar estrellas de oro con sus ruedas maravillosas— que han aparecido en La Habana para beneplácito de las amas de casa; ellos conservan la tradición de anunciar sus servicios con la melodía de una pequeña armónica de juguete.

Ahora viene lo peor, lo que da título a este trabajo periodístico: los pregones electrónicos, que también parece que se copian de un barrio a otro porque todos son iguales. Principalmente se trata de los vendedores de helados. Ellos andan equipados con aparatos reproductores de sonido y bocinas tipo trompeta para anunciarse sin tener que emplear sus cuerdas vocales.

De estos hay dos modalidades: unos que reproducen una grabación de voz que repite de manera monótona: “El bocadito de helado… el bocadito de helado… el bocadito de helado…”. En algunos casos la grabación no está muy bien hecha y parece que lo que anuncian es un “bocadito de lado”.

La otra modalidad radica en reproducir constantemente el sonido que producen ciertas tarjetas de felicitación electrónicas, una especie de popurrí de fragmentos de canciones populares. Esta práctica se originó a partir de que hace algunos años existían unos camiones para vender las heladas cremas, dotados de una música que los identificaba.

Por la parte sur del municipio de Centro Habana anda uno que vende dulces y se anuncia con una grabación muy curiosa que dice: “El pay* de coco y de guayaba… Las Delicias… a cinco pesos la cuña… a 20 entero”. Este recuerda aquella otra canción que se escuchó mucho en Cuba hace ya unos cuantos años; era un pregón que decía: “A tres quilos el cubo, la tinaja a medio… ¡aguador, santo remedio!”

El caso es que los vendedores ambulantes que utilizan los medios electrónicos o que a viva voz nos endilgan esos pregones insípidos, repetitivos y monótonos, en lugar de incitar a la compra lo que hacen es crear rechazo; parodiando la canción: “provocan no comprarle, por tal de no oírle pregonar”.

Solo un intenso deseo o una necesidad imperiosa nos hacen acercarnos a ellos y adquirir los productos que ofertan. Eso si no nos arrepentimos cuando nos enteramos de los precios que piden.

*Pay: en realidad se escribe “pie” y se refiere al pastel relleno con mermelada de alguna fruta.

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