Crónica de lunes: el primer amor

“Lo que sentí fue como un rayo en mi interior, que me sorprende el corazón, todo se rompe, todo estalla y algo acaba de morir”.

En esta primera estrofa de una preciosa canción de Pablo Milanés se describe con bastante certeza, sin abandonar el lirismo, lo que sentimos los seres humanos cuando nos asalta el primer amor.

Otros autores han cantado a este maravilloso evento. Ahí tenemos, por ejemplo, al mexicano Roberto Jordán, quien se oyó mucho en la Década Prodigiosa, con aquella canción que dice: “Mi amor de verano, mi primer amor, amor de estudiante, ya se terminó”; o el grupo español de los años 60, Los Fresones Rebeldes: “Me basta pensar en el futuro para comprender, que mi amor es imposible pero siempre te recordaré, como ese primer amor que vino y se fue”, o la del brasileño José Augusto: “Yo no pude saber si era dicha o dolor, recordando mi primer amor”.

Lo común en la letra de estas canciones es que los primeros amores terminan, no prosperan ¿Por qué, si son tan reales y fuertes? De lo que si no quedan dudas es que dejan tras de sí huellas imborrables.

A algunos nos llegan temprano, aún en la infancia o la adolescencia, a otros en la juventud y no faltan aquellos a quienes el primer amor, el verdadero, ese que estremece como un terremoto de siete grados en la escala de Richter, les llega ya en la madurez.

Sea cual sea la edad en la que aparece, el primer amor es sublime, etéreo, como un ángel con alas de tul ¿No lo ha sentido usted aún? Entonces es que no le ha llegado todavía, pero no desespere, que a todos nos alcanza.

¿Se imagina cómo habrá sido el primero de los amores de toda la historia? Debe haber ocurrido cuando Adán y Eva eran unos adolescentes, el árbol de la fruta prohibida era apenas un brote y la serpiente todavía tenía patas.

Debe haber sido como esos “noviazgos” entre niños de la enseñanza primaria. Y como Adán y Eva no tenían otros compañeritos de escuela, el ofidio debe haber asumido ese papel negociador, acercándose a la muchacha y susurrándole al oído: “Dice Adán que quiere que tú seas su noviecita ¿Qué le digo?”. Luego se habrá aproximado a él y le habrá dicho “Dice Eva que quiere ser tu novia, que si la aceptas”.

En ese momento los dos jovencitos, que nunca habían reparado el uno en la otra y viceversa, habrán cruzado sus miradas y entre ellos habrá saltado la chispa eléctrica del amor, esa que provoca vértigo, ceguera y taquicardia. Así debe haber surgido el primer amor, sin malicia, puro y casto, pero fuerte y profundo como las raíces del propio árbol de la sabiduría.

Años más tarde, el inconforme reptil, presto a sus fines corruptores, indujo a los jóvenes comerse la manzana y lo echó todo a perder. Ahí fue cuando Dios le cortó las patas. Pero esa es otra historia.

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