¿Se ha puesto usted a pensar bien en qué es el miedo? El diccionario lo define como la sensación de alerta y angustia por la presencia de un peligro o mal, sea real o imaginario, y la necesidad de huir de algo o de alguien que se considera peligroso o perjudicial.
Pero es mucho más complejo que lo que se puede explicar en un par de líneas de texto, porque cuando se siente miedo, miedo de verdad, ocurren un sinnúmero de fenómenos en el cuerpo y la mente; la sangre parece abandonar el rostro, las manos se ponen frías y sudadas, el corazón amenaza con detenerse, cuesta respirar, falla la fuerza en las piernas y el cuerpo es recorrido por un escalofrío.
Como está escrito en el diccionario, el miedo puede ser fundado o infundado. Además aparece con diferentes intensidades y puede generar distintas reacciones, desde atacar a lo que nos asusta hasta salir corriendo o, sencillamente, perder el conocimiento.
Hay miedos que causan pavor y otros que, por insólitos e irracionales, lo que causan es risa, claro, excepto a quienes lo sienten.
Es casi normal que al ver que se nos viene encima una cucaracha, una rana u otro animal semejante tratemos de evitar su contacto y eso no es miedo, sino repulsión, pero de eso a treparse sobre una silla hasta que alguien nos rescate de la cucarachita que se pasea por el suelo va un largo trecho.
Ese miedo incontrolable tiene un nombre en el lenguaje científico, se llama fobia y existen más tipos de los que el lector pudiera imaginar y algunas son verdaderamente ridículas.
Un gran por ciento de la población mundial las padece, en menor o mayor grado, así que no se preocupe… a menos que su fobia lo lleve a situaciones embarazosas o peligrosas.
La palabra deriva del nombre de un personaje de la mitología griega llamado Fobos, hijo de Ares y Afrodita y definido como la personificación del terror.
Algunas fobias son bastante comunes, como la entomofobia o miedo desmedido a los insectos; la claustrofobia que padecen quienes no soportan verse en lugares cerrados o estrechos y, al contrario, la agorafobia que es el temor a los lugares abiertos; la acrofobia, el temor a los lugares altos, que por cierto, no debe confundirse con el vértigo que sólo es una sensación de mareo; la aracnofobia, miedo a las arañas; la autofobia que es el miedo a quedarse solo, o la astrafobia que se manifiesta en quienes temen de manera desmedida a los truenos y rayos.
Otras son más absurdas, como el miedo irracional a ser impactados por la caída de un cuerpo celeste, que se llama astrofobia. Hay quienes temen al ajo, igual que los vampiros, porque padecen aliumfobia. Hay quienes temen a las opiniones –como suele sucederles a los funcionarios incapaces o corruptos– ellos padecen aladaxofobia. La automatofobia es el miedo a las estatuas, los maniquíes y otras figuras por el estilo. La cacofobia el rechazo absurdo a la fealdad, la colpofobia que se define como el terror a los genitales femeninos o la gamofobia, que es el miedo al matrimonio.
Ahora veamos algunas que rayan en lo ridículo. Esta que tiene un nombre larguísimo y casi impronunciable: la hexakosioihexekontahexafobia, es el miedo al número 666 y todo lo relacionado con él, como un edificio, la matrícula de un vehículo o cualquier otra cosa marcada con esos guarismos. Es porque el número 666 se identifica con Satanás.
La xantofobia es el miedo al amarillo y cualquier cosa que contenga ese color, e incluso a la palabra “amarillo”.
Otros miedos irracionales son: la turofobia, que no es al turismo, sino al queso; crematofobia o crometofobia, al dinero (¡qué raro!); somnifobia, a quedarse dormido y no despertar; coulrofobia, a los payasos, aunque hay algunos tan malos que de verdad dan miedo; omfalofobia, a los ombligos (¡algunos son tan lindos!); pogonofobia, a las barbas; tripofobia, a los agujeros; hilofobia, a los árboles; lacanofobia, a los vegetales; pediofobia, a las muñecas; aulofobia, a las flautas; pteronofobia, a las plumas de las aves, y la hipopotomonstrosesquipedaliofobia, que es el miedo a las palabras largas, que, evidentemente, quien le puso el nombre no la padecía.
De la larga lista de los miedos insensatos tomamos también la ergofobia, identificada, nada más y nada menos, que como el miedo al trabajo. Bueno, por ahí andan muchas personas que no la padecen y sin embargo no hay quien les haga doblar la espalda o sudar la camisa.
También suele catalogarse como fobia el sentimiento de odio o rechazo hacia los extranjeros, la xenofobia, algo muy abundante en el mundo actual y que en la mayoría de los casos no es un trastorno de salud, sino el resultado de malsanas ambiciones y desprecio por sus semejantes.
Hay otras muchas fobias identificadas, tantas que en un par de cuartillas no se pueden describir, y son más frecuentes de lo que se pudiera pensar y tan variadas como los pacientes que las padecen. Se calcula que entre un nueve y un 18 por ciento de las personas pueden padecer algún trastorno siquiátrico que pudiera catalogarse como tal. La buena noticia es que en la mayoría de los casos son curables con la terapia adecuada.

