
Tumba de Jeannette Ford Ryder. Foto: Radio Enciclopedia
La expresión “vivir como un perro” nos da la medida de llevar una vida miserable y llena de dificultades, sin embargo, es sabido que algunos canes viven mejor que muchas personas.
Mientras que un jabón para bañarse puede considerarse un lujo para cientos de miles de humanos en el mundo, para algunas criaturas peludas, cuyos amos gozan de desahogada posición económica, se fabrican champús y perfumes especializados y tienen peluqueros y manicuristas (en este caso deberíamos decir paticuristas).
Mientras millones de humanos no tienen un bocado de comida que llevar a su estómago, no faltan las empresas especializadas en fabricar sustanciosos alimentos para mascotas.
No está mal que cuidemos a nuestros animales de compañía, al contrario, porque ellos dependen de nosotros, son nuestra responsabilidad y, además, su fidelidad bien se merece todo el esmero posible.
Sobre todo los mejores amigos, que no por gusto se les llama así, pues desde tiempos inmemoriales nos acompañan y auxilian en muchas tareas, y lo más importante: porque nos aman.
Muestras de la fidelidad canina abundan, dos de ellas relacionadas con la necrópolis Cristóbal Colón, de La Habana. Una es la de Rinti, el perro de la norteamericana residente en Cuba, Jeannette Ford Ryder, que al morir su ama siguió el cortejo hasta el cementerio y se echó a los pies de la tumba, negándose a comer y beber hasta sucumbir.
Un caso, un poco más reciente, relatan los trabajadores del camposanto, un perrito sin pedigrí, que al morir el dueño cambió su domicilio para allí y aunque este sí recibía los alimentos que generosamente le daban, siempre se mantuvo cerca del lugar de reposo eterno de su amo.
Otro ocurrió en Japón, es la historia de Hachiko, un perro que iba diariamente a la estación de trenes a recibir a su amo cuando éste volvía del trabajo. Un día no regresó pues falleció de un ataque al corazón en su centro laboral; sin embargo, Hachiko continuó puntualmente acudiendo a la estación a la hora que su dueño solía llegar y así pasó el resto de su vida.
En las ruinas de Pompeya se encontró a un perro que cubría a un niño pequeño con su cuerpo en un intento desesperado de protegerlo de la nube de cenizas y no fue esta la primera vez que lo hizo, en su collar se encontró que había tres marcas de reconocimiento por otras tantas veces que salvó la vida de su joven amo.
Es conocida la historia de Bailey que atacó furiosamente a un toro que estaba lastimando a su amo y luego brindó apoyo a éste hasta llega a su hogar.
Mucho más cerca de este cronista está la historia de Canelo, que usted podrá disfrutar próximamente en esta misma sección.
Pero los humanos solemos ser crueles con los animales ¿Qué podría esperarse de nosotros si somos crueles con nuestros congéneres? Entonces, mientras algunos perros son mimados, bien alimentados, higienizados y hasta les ponemos ropas y zapatos, otros son echados a la calle a sobrevivir como puedan.
Algunos países tienen hasta policías especializados en protección animal, pero no es suficiente. Lo mejor sería que nosotros, que nos consideramos los habitantes más inteligentes del planeta, llenáramos nuestros corazones de bondad y amor para que los canes –ni los humanos pobres– continuaran viviendo “vidas de perros” ¿es mucho pedir?
