“Me porté bien durante todo el año, estudié mucho, saqué buenas notas, ayudé a mamá y a papá y anoche deje hierba y agua para los camellos junto con mi carta debajo de la cama. Con todo y eso los Reyes Magos no me dejaron el juguete que les pedí ¿Por qué habrá sido?”
Más allá de la idea de que es engañosa, la tradición es bonita para los niños pequeños, pero no es pareja para todos, pues los hijos de los que tienen más dinero son los más complacidos por los míticos Melchor, Gaspar y Baltasar, en tanto que a los más pobres no les cumplen las expectativas.
Además, no solo los niños pequeños resultan engañados; los padres son poco menos que extorsionados por los vendedores de juguetes que hacen su agosto, o mejor dicho, su enero, a costa de la tradición.
En Cuba, como en todos los países capitalistas, antes del triunfo de la Revolución, las posibilidades de los infantes para recibir los ansiados juguetes, cada 6 de enero, estaban en dependencia del alcance económico de los progenitores.
Pero el 8 de enero de 1959 entraron en La Habana otra clase de reyes magos, también barbudos, pero que, en lugar estar ataviados con coloridas túnicas y turbantes, vestían uniformes verde olivo; y en lugar de cabalgar sobre jorobas de camellos, montaban tanquetas, jeeps y camiones y eran muchos más que tres.
Luego llegaron las carencias propias de una época convulsa marcada por el asedio económico y político engendrado en las entrañas del monstruo sobre el cual ya José Martí había alertado en el siglo XIX.
Con las carencias llegó el racionamiento y las libretas (cartillas) para una distribución más justa y equitativa de lo poco que había.
Entonces, cuando se acercaban los primeros días de enero, las tiendas se llenaban de juguetes y cada niño tenía derecho a uno de mayor precio, al que denominábamos «básico», y otros dos más baratos o «adicionales», aparte de algún que otro que se podía adquirir de manera liberada, pero todos a precios asequibles por todo el pueblo.
La forma de distribución de aquellos juguetes hizo que la tradición se fuera perdiendo, pues a los padres les resultaba muy difícil hacer las compras sin que los niños se enteraran.
A esto se sumó el crecimiento paulatino de un espíritu más materialista, basado en la nueva ideología que acompañó a la sociedad cubana a partir de que fue reconocido el carácter socialista de la Revolución Cubana.
Así pues, los tres Reyes Magos dejaron de visitar el largo y estrecho archipiélago caribeño aunque los niños seguían recibiendo algunos juguetes cada 6 de enero.
Pero la vida evoluciona y no siempre para mejorar. El costo de la vida ha aumentado en más de 20 veces y la Isla ha seguido bajo la intensa presión del bloqueo, por lo que la adquisición de juguetes de calidad se ha vuelto a poner difícil para los de menores ingresos y, aunque algunas personas han tratado de revivir tradiciones como la Navidad, en eso de los tres reyes que visitaron al niño Jesús guiados por una estrella, no ha habido mucho éxito.
Es que como dijo el padre de la nación norteamericana, Abraham Lincoln, no se puede engañar a todos por mucho tiempo.


