Breve esbozo histórico
La llegada de naves españolas en 1492 a las costas de una tierra paradisíaca marca el inicio de una nueva era para los que vivían en la isla de Cuba.
Su proceso de exploración, conquista y colonización se consolida con la fundación de las primeras villas que debían tener iglesia, plaza, casa de Gobierno y un mínimo de 10 vecinos.
La villa de San Cristóbal de La Habana, con su resguardado puerto Carenas, servía de refugio a las flotas españolas que trasladaban oro y plata hacia la península ibérica.
A finales de 1600 La Habana albergaba el 60,3 por ciento de toda la población de Cuba integrada por españoles, sus hijos nacidos en la isla, llamados “criollos”, africanos y lo poco que quedó de la población aborigen.
En 1728 se funda la Real y Pontificia Universidad de San Gerónimo de La Habana al amparo de los frailes dominicos, pero con rectores y profesores criollos. Tras la toma de La Habana por la flota inglesa a mediados de ese siglo y su posterior devolución a España se reforma el sistema colonial en Cuba.
Se inicia la introducción masiva de miles de esclavos africanos y el incremento de la emigración libre europea. Se desarrollan numerosos oficios y artes fortaleciendo las capas medias sociales y los trabajadores calificados.
La repercusión en el Caribe de la Revolución Francesa, la haitiana y la sublevación de las 13 colonias de Norteamérica, acentuaron los conflictos internos de carácter político, social e ideológico.
Nacen las bases de una conciencia “en sí” de lo cubano representada por renombradas personalidades criollas: Francisco de Arango y Parreño (político), Joaquín de Santa Cruz (fomento agrícola), José Agustín Caballero (cultural), Tomás Romay (científico) y otros.
A principios de 1800 un nuevo grupo de intelectuales, aglutinados alrededor del obispo Juan José Díaz de Espada, remodelan viejas instituciones medievales y crean otras nuevas.
Surge el Real y Conciliar Seminario San Carlos y la Real Sociedad Económica de Amigos del País que centraban sus actividades en la esfera social y la del pensamiento más que en las económicas. Al mismo tiempo surgen las logias masónicas como vía de unión para discutir sobre opciones políticas que simpatizaban con las ideas revolucionarias.
El poeta José María Heredia se ve involucrado en una sociedad secreta. Un negro libre, carpintero y tallador, José Antonio Aponte participa en una conspiración junto a otras villas cubanas con la intención de cambiar la estructura social.
En 1843 ocurrieron varias sublevaciones de esclavos en La Habana y Matanzas. El poder colonial español desarticuló el movimiento intelectual cubano. Se limitó el poder de la iglesia a la religión y se desactivó la Sección de Educación de la Sociedad Económica de Amigos del País que atendía las escuelas públicas y su mantenimiento recayó en los ayuntamientos locales.
La desidia de los organismos locales hizo que surgieran colegios y maestros privados que, en sus casas y con escasos recursos, perfeccionaron la educación cubana. Entre la burguesía esclavista surgió un movimiento que tramaba la anexión al sur de los Estados Unidos.
Con la amnistía política decretada por el régimen colonial regresaron muchos exiliados que siguieron conspirando desde las filas masónicas. La madurez patriótica de ciertos sectores terratenientes del centro-oriente cubano, apoyados por una intelectualidad comprometida con los destinos de Cuba condujo en 1868 al inicio de una guerra que buscaba abolir la esclavitud y alcanzar la independencia del colonialismo español.1
El pensamiento cubano del siglo XIX en Martí
El sobresaliente estudioso del pensamiento cubano Cintio Vitier, en su ensayo Martí: Cuba, asegura que José Martí representa el coronamiento de una breve pero intensa tradición ética, política y cultural que se inicia a finales del siglo XVIII. Explica que para comprender la profunda conciencia que Martí tenía, de pertenecer a ese linaje de próceres liberales, basta recordar sus evocaciones de aquellos fundadores y los juicios que sobre ellos emitió, penetrados de un sentimiento de entrañable vinculación.2
Hortensia Pichardo, al interpretar para los jóvenes algunos textos martianos, escoge la pieza oratoria que, para honrar al poeta José María Heredia, pronunció José Martí en Nueva York en 1889. La sagaz historiadora resalta en su análisis cómo el conocimiento íntimo de la obra de Heredia hizo confesar públicamente a Martí que fue él quien despertó en su alma la pasión por la libertad.3
En el estudio introductorio que acompaña al libro José Martí y el equilibrio del mundo, el doctor Armando Hart Dávalos señala como uno de los aspectos esenciales para comprender la personalidad y el pensamiento del prócer, el conocimiento de las fuentes cubanas que forjaron la educación y la cultura: el presbítero Félix Varela, defensor de la independencia de Cuba, y José de la Luz y Caballero, fundador de la escuela nacional. Ellos llegaron de manera directa a José Martí a través de su maestro Rafael María de Mendive.4
Al estudiar el pensamiento del Héroe Nacional, Julio Le Riverend Brusone destaca que su niñez discurre en años de transición hacia una forma superior de la ideología cubana, por lo que recibió de su entorno una formación primera de pensamiento moral y político capaz de resistir y superar las condiciones coloniales, adversas a la expresión netamente cubana presente en la acción educadora de José de la Luz y Caballero y la patriótica enseñanza de Rafael María de Mendive, y aseguró que la insurrección de 1868-1878 fue lo que iluminó y ahondó por siempre la inquietud trascendente de la juventud martiana.5
José Martí y el pensamiento cubano del siglo XIX
En 1888, al escribir en El Economista Americano sobre las cartas inéditas que José de la Luz y Caballero había dejado poco antes de morir, decía Martí: “Los cubanos veneran y los americanos todos conocen de fama al hombre santo que […] nada quiso ser para serlo todo, pues fue maestro y convirtió en una sola generación un pueblo educado para la esclavitud en un pueblo de héroes, trabajadores y hombres libres […] no escribió en los libros, que recompensan, sino en las almas, que suelen olvidar. Supo cuanto se sabía en su época; pero no para enseñar que lo sabía, sino para transmitirlo. Sembró hombres”.6
Para la revista La América, José Martí redactó un artículo donde comentaba el último libro publicado de Felipe Poey y Aloy y aseguraba: “Ya ha salvado los mares la noticia del libro monumental que se prepara a presentar al público el naturalista cubano Don Felipe Poey […] que ha requerido para llevarse a cabo todo el vigor de clasificación de un severo filósofo, y toda la bondad que atesora el alma de un sabio”.7
Tras la muerte de Antonio Bachiller y Morales apareció en El Avisador Hispanoamericano una magnífica crítica literaria, redactada por José Martí, que destacaba sus virtudes: “Americano apasionado, cronista ejemplar, filólogo experto, arqueólogo famoso, filósofo asiduo, abogado justo, maestro amable, literato diligente era orgullo de Cuba Bachiller y Morales, y ornato de su raza”.8
El último día de noviembre de 1889 José Martí pronunció, en el Hardman Hall de Nueva York, un discurso en honor a José María Heredia y Heredia. Sus primeras palabras fueron: “Con orgullo y reverencia empiezo a hablar […] por el mandato de la patria, que en este puesto nos manda estar hoy, y por el miedo de que el que acaso despertó en mi alma, como en la de los cubanos todos, la pasión inextinguible por la libertad, se levante en su silla de gloria, junto al sol que él cantó frente a frente, y me tache de ingrato […] Yo vengo aquí como hijo desesperado y amoroso, a recordar brevemente, sin más notas que las que manda poner la gloria, la vida del que cantó, con majestad desconocida, a la mujer, al peligro y a las palmas”.9
Un fotógrafo de Tampa le mandó de regalo a José Martí, como una joya, un excelente retrato de José de la Luz y Caballero para la oficina del periódico Patria. Al ver el retrato Martí exclamó: “¡Qué ojos tan firmes, y tan escrutadores! ¡Qué boca de mando! ¡Qué frente, juvenil todavía por el arranque mismo de las canas! Les vio la conciencia hasta que se la abrasó. Ya andan nulos desde él. ¡Él fue el vencedor!10
Puede decirse entonces que el pensamiento cubano de la última década del siglo XVIII y las primeras del XIX hace visible el amanecer de una conciencia cubana de un modo indudable, coherente y continuo, representado por una generación de nativos interesados en el progreso material y moral del país y en el desarrollo de ideas patrióticas. Que esa conciencia se expresaba a través de movimientos sociales de diferentes tendencias: los intelectuales que remodelaron viejas instituciones medievales y crearon otras nuevas, los miembros de logias masónicas que simpatizaban con las ideas revolucionarias, los colegios y maestros privados que perfeccionaron la educación cubana. El conocimiento íntimo de la obra de esos grandes pensadores y maestros hizo que José Martí sintiera hacia ellos un sentimiento de entrañable vinculación y que despertara en él la pasión inextinguible por la libertad.


Necesitamos algunos que no encontré. La constelación de educadores. José Agustin Caballero.
Reformismo Saco, Arangos y Parreños
Montoro y los representantes del autonomismo.