Como para dar un saludo y un abrazo a La Habana en su cumpleaños, decidí encontrarla este día, en el punto más alto del lugar donde vivo, la Loma de la Cruz de Guanabacoa, desde allí, San Cristóbal se revela, créame, como una diosa sobre un altar de terciopelo azul, pero prefiero sea usted, coterráneo o forastero, quien llegue hasta ese balcón, la contemple también, y aprecie sin intermediarios, lo que ante mis ojos se mostró, porque vivirlo, es algo único.
Y le sugiero se anime, porque desde sus 72 metros de altura, la Loma de la Cruz, es un mirador envidiable, con el que contamos los que aquí vivimos para recrear la vista, darle un regalo al espíritu, y alimentar ese orgullo sano que sentimos por nuestra capital, apreciando junto a toda la historia que guarda esta cima, primero, lo que se nos revela de la ciudad, y luego, recuperados del hechizo de la primera visión, observar una parte añeja de La Habana, la villa de Pepe Antonio, sus alturas y llanos, misterio y encanto, aguas abajo de este altar natural, del que muchos inspirados han escrito, después de subir por tierra de manantiales, hasta el lugar de la simbólica cruz, que casi preside su cima, y que perpetua la memoria del indio Joseph Bichat, desde aquel 14 de septiembre de 1786, cuando se situó con este fin en el lugar, la insignia, donde él habitó como singular ermitaño.
Con la motivación de adentrarme en tan interesante predio, precisamente cuando la ciudad que me acoge cumple sus 494 años, y así celebrarlos gustosa, desandando por entre la hierba húmeda de los terrenos de la loma, en la mañana de este 16 de noviembre, justo hasta donde antaño se colocó el símbolo que recuerda “a lo largo de las centurias al mencionado indígena, nominando al mismo tiempo a la atrayente elevación con el popularizado apelativo de Loma de la Cruz”, y una vez allí, sentarme a la sombra de un arbusto, disfrutar la brisa, y leer, subyugada por la leyenda del sitio, y a través de lo publicado por Ediciones Extramuros, La Habana, 2000, el resto de las líneas dedicadas a: “La Loma de la Cruz”, Guanabacoa en la leyenda, de Alberto Acosta.
Y a propósito, de lo que cuenta el historiador guanabacoense sobre el “extravagante sujeto” supe que hace más de tres siglos, habitó en la loma, en una muy pobre choza y reducida parcela, lugar donde ganó la devoción de los fieles, que subían al lugar para rogarle milagros, junto a la pintura del Cristo que el propio Bichat había adquirido, y que fuera tal vez el único de sus bienes.
De aquel personaje, que tanta relación tiene con el nombre de la elevación guanabacoense, y su final, nada se sabe con precisión, según narra Acosta, “el historiador Elpidio de la Guardia supone que murió entre 1681 y 1685. Otros dicen, refiere el artículo, que Bichat “fue sepultado al pie del altar donde hincaba diariamente sus rodillas”.
Este sábado de aniversario presentí, plena de respirar el aire y latir con la vida de nuestra ciudad, desde el más elevado lugar de la geografía del municipio habanero de Guanabacoa, que en este se entrelazan, en apretada síntesis territorial, tan múltiples y ricos acontecimientos, protagonizados entre la colectividad y la naturaleza, que bien vale la pena, de muy cerca, y como cosa propia, desentrañarlos.



Esto es señal de que Guanabacoa es pura historia, solo debemos acercarnos a todo lo que nos parece insignificante.