Imaginen a nuestro populoso Paseo del Prado extendido no como lo conocemos, desde El Malecón hasta la calle Monte, sino mucho más allá, llegando a los límites de la actual Terminal de los Ferrocarriles.
Ahora podrá parecer a no pocos, como una quimera pero fue un proyecto urbanístico muy seriamente tomado en consideración, que sin dudas habría brindado a La Habana una imagen aún más grandiosa que la actual, específicamente en las áreas donde anteriormente estuvieron las murallas.
Esa idea y su consecuente proyecto formaron parte de un muy ambicioso plan de remodelación que comprendía un gran centro de actividades desde que en 1863 las autoridades coloniales recibieron la autorización de la Metrópoli para iniciar la demolición de las referidas murallas, esa faraónica obra militar que ya por entonces tenía casi dos siglos de antigüedad y que nunca cumplió su propósito defensivo sino más bien fue siempre un estorbo al crecimiento de la ciudad.
Pero la muralla no era solamente la enorme pared de bloques de piedra del que todavía podemos ver algunos fragmentos, sino que a ambos lados disponía de extensas áreas despejadas consideradas por los estrategas como de utilidad para poder avistar oportunamente la proximidad de algún enemigo.
Hay que decir que ya desde antes de que las autoridades se convencieran de su inutilidad, se había trazado por el Marqués de La Torre, en 1772, una alameda, luego mejorada bajo el gobierno de don Luis de Las Casas y posteriormente afeada tanto como fue posible, en el período de Miguel Tacón, por el desproporcionado cuadrilongo que fue la cárcel pública levantada en su primera cuadra, junto a la entrada de la bahía.
Era el llamado Nuevo Prado, denominación que pretendió compararlo con el ostentoso Paseo del Prado de Madrid. Muy pronto desplazó en el gusto de los habaneros a las otras dos alamedas existentes, o sea la de Paula y la de La Cortina de Valdés.
Y tomó cuerpo la idea de parcelar y vender solares allí, donde estaban las más prometedoras potencialidades del desarrollo urbano en la modernidad, proyecto que se llamó oficialmente Reparto Las Murallas.
Desde España pensaron en establecer allí un conjunto de instituciones importantes, como las Oficinas de la Hacienda Pública y la Universidad, e incluso una Catedral que sustituyera a la de la antigua Plaza de la Ciénaga, en lo más profundo de Intramuros, pero el Ayuntamiento Local integrado por comerciantes y potentados, no estuvo de acuerdo con el concepto de llenar aquello de grandes mausoleos que no aportaran los muy ambicionados caudales, donde cualquier solar podía cotizarse al precio que se impusiera, por arbitrario que pareciese.
Y en medio de aquella pelea de tiburones se previó la prolongación del Paseo del Prado, hasta los muros perimetrales del Arsenal, donde ahora está la Terminal de Trenes.
La propuesta surgió de urbanistas catatalanes, quienes habían logrado soluciones funcionales y atractivas en Barcelona, ante una situación parecida, pero acá el Gobernador no tuvo suficientes pantalones como para atreverse a comprar obligatoriamente o decomisar propiedades de solares y edificaciones de vecinos influyentes de las calles Monte, Cárdenas y Arsenal.
Así que ni prolongación del Prado, ni centro institucional estatal, universitario y religioso en el Reparto Las Murallas. Pero nadie podrá negar que el proyecto era interesante y atractivo.

