La Habana actúa como una suerte de convite irresistible a vivir el reto cotidiano en el que se entremezclan el pasado con el presente, mientras en su ancestral tendencia cosmopolita fluye el dinámico transitar habitual de unos cuatro millones de habitantes, entre nativos y turistas llegados de los más alejados puntos del orbe.
Tan proverbial como la frase: “Todo tiene su tiempo y todo lo que se desea bajo el cielo tiene su hora” la posibilidad de decidir por la visita a legendarias fortalezas y a la parte antigua de la ciudad, asume un anticipo provisto por la belleza natural de los atardeceres teñidos con nuevos colores en el firmamento, cuando la esfera incandescente del Astro Rey se sumerge cada día, muy lentamente… en la inmensidad del océano, para dar paso a la brisa del norte y su aliento vivificante a los viajeros.
Esta es la mejor y gratuita oportunidad de recibir el influjo original de ¡la más hospitalaria isla del Caribe!, mientras pasearse por el malecón habanero de día o de noche invita al disfrute del paisaje ultramarino como sitio idílico para el romance de las parejas, reuniones informales o caminatas casi interminables por el muro que se extiende a lo largo de ocho kilómetros y de su amplia avenida de seis carriles, bordeando el litoral norte de la capital.
Por ese trayecto los lugareños y turistas encontrados al azar sonríen agradecidos por tanta belleza natural y prosiguen hacia el Túnel de La Habana, una de las siete maravillas de la ingeniería civil cubana y que se debe a la participación de la Societé de Grand Travaux de Marseille, principal constructora francesa que revolucionó el empleo de tecnologías bajo agua, a lo largo de 733 metros, entre los años 1957 y 1958.
¡Impresionante sistema! que hasta hoy permite el paso vehicular de un lado a otro de la bahía como enlace moderno entre la ciudad y el este, con invitación a visitar las playas Bacuranao, Tarará, Mégano, Santa María del Mar y Guanabo, para zambullirse en las aguas cálidas poco profundas que hacen las delicias de grandes y chicos.
Sin apartarnos de la ruta habanera y al avanzar por la mayoría de las ruidosas calles estrechas y adoquinadas del Casco Histórico de la Ciudad, es posible introducirse en la gran aventura de avivar los sentidos a la observación de un entorno en el que converge el eclecticismo europeo del siglo XVIII y a la vez, constatar las peculiaridades de la villa patrimonial.
Disfrutar la mezcla de olores a metrópoli y mar, familiarizar el oído al bullicio de una población en perenne movimiento que trabaja, canta y pregona su mercancía, sin dudas evoca el pasado y permite palpar la realidad humana de perseverante poder transformador, sincera y sin distinción de credo, raza, cultura o género que transmite la personalidad del cubano actual, respetuoso de la biodiversidad y la convivencia pacífica de la familia universal.

