Ningún ser humano puede ser eterno, solo el genio y la inteligencia colectiva pueden perdurar por siempre, nutriéndose de la sabiduría de cada persona. Esta es una reflexión inevitable ante uno de los genios que enorgullecen a La Habana.
Sin embargo, el ajedrecista José Raúl Capablanca, nacido en esta capital el 19 de noviembre de 1888, perdura en la historia por su genialidad única.
Pudiera haber devenido militar, pues su padre, José María, era oficial del ejército colonial español y su nacimiento se produjo precisamente dentro de una instalación castrense: el Castillo del Príncipe.
Pero su progenitor, hombre culto, era muy aficionado al juego de los peones y los reyes y el ambiente era propicio, pues por esa época La Habana, junto a Nueva York y Nueva Orleans, era la meca del ajedrez. Y fue precisamente su padre la primera víctima de José Raúl, tablero por medio, cuando solo contaba cuatro años.
Quizás nadie como él haya sabido desplazar los trebejos sobre el tablero bicolor. Su impronta va más allá de la lógica ajedrecística para insertarse en la leyenda.
Como niño genio lo hubieran catalogado en la actualidad, pues con sólo cinco años de edad ya ganó su primera partida en un club ajedrecístico, con 12 ya había alcanzado el título nacional y en 1921, con 33 años, se coronó monarca mundial, al derrotar al alemán Emanuel Lasker.
Esa corona brilló sobre su cabeza durante seis años, hasta que le fue arrebatada por ruso Alexander Alekhine en un encuentro que se extendió por tres meses.
Según algunos expertos, los éxitos del insigne ajedrecista cubano se basaban más en una aguda intuición que en la teoría, llevando así una singular estrategia de juego, cimentada en un profundo análisis de las posibles jugadas. Esto lo convierte en un buen ejemplo de lo que pudiera llamarse un jugador natural.
Según refiere el licenciado Reiter Suárez Espalter, especialista principal del Taller de Transformación Integral del barrio de Buenavista (actual municipio Playa), Capablanca vivió durante el año 1920 en esa barriada, exactamente en la calle 68 entre 29-B y 29-F.
En esa época el trebejista padecía serios problemas respiratorios, por lo que decidió irse a vivir en esa zona de la ciudad, que reunía condiciones ambientales saludables para aliviar su estado de salud.
Continúa relatando Reiter que en esa morada nació el hijo del emblemático ajedrecista y que allí residió José Raúl con su familia hasta que decidió irse a vivir al extranjero, donde falleció el 8 de marzo de 1949.

