
En La Habana colonial se conjugaron la pasión por los toros y la navegación aerostática” alt=”En La Habana colonial se conjugaron la pasión por los toros y la navegación aerostática”
Existe, como afirma el título, una extraña relación en la historia habanera entre las plazas de toros y las ascensiones de globos aerostáticos. Claro está que no en la historia completa de la villa, luego devenida ciudad y capital cubana, porque este asunto de los globos alcanzó su desarrollo y esplendor tardíamente con respecto a Europa y Norteamérica. Lo cierto es que aquí lo más conspicuo aconteció en el siglo XIX, aunque de cierto hay referencias bien confirmadas correspondientes a la centuria precedente.
Por qué las ascensiones desde las plazas de toros. Todo tiene una explicación convincente: si por sus propias características las ascensiones de este tipo eran espectaculares, siempre sería preferible presenciarlas desde un estrado que por ahí, como ocurrió, descocotándose en los tejados o en los cerros, plazas, descampados y hasta trepándose en árboles de todos los tipos. Y estaba, además, el importante aspecto de que al aeronauta había que pagarle, por traer su globo y arriesgar la vida temerariamente, sin garantía alguna de regresar del viaje por los cielos. Y la promoción, y la habilitación de las instalaciones, debían dejar alguna ganancia a los que auspiciaban todo aquello, si era cuantiosa, mejor.
Desde tiempos muy lejanos en la historia colonial española de Cuba, se realizaron corridas de toros, en las cuales el elemento peninsular de mayores convicciones sobre sus derechos eternos de posesión de esta tierra, afianzaba su sentido patriótico en una fiesta de profundísima identidad patrimonial, para ellos. Se efectuaban en cercados improvisados, y allí los mataóres eran aclamados hasta la euforia, ya fueran venidos de la mismísima madre patria, de México y Perú, o formados muy silvestremente en picaderos del entorno, sin haber visto un legítimo miura ni en láminas de publicaciones, sino apenas vaquillas de mala muerte.
Es presumible que aquellas plazas en ciernes fueran usadas alguna vez para que desde sus ruedos se elevaran algunos globos, por lo que lógicamente, al ser inaugurada en los extramuros habaneros, muy a principios del siglo XIX, la primera plaza de toros con toda la dignidad requerida, además de las corridas de rigor, sirviera como un adecuado cosmódromo para la función ascensionista, tan de moda.
La instalación estaba en el entorno de lo que actualmente es el muy populoso Parque de la Fraternidad.
A mediados de 1828, desde allí se elevó el estadounidense Eugene Robertson, invitado personalmente por el Capitán General español de la Isla de Cuba, don Francisco Dionisio Vives, en ocasión del acto inaugural del Templete Conmemorativo de la fundación de La Habana, en el supuesto sitio donde se oficiaron la primera misa y la reunión del cabildo o ayuntamiento municipal, acontecimientos carentes de sustentación documental e historicidad razonable.
Por quince mil pesos fuertes, que era toda una fortuna, el norteamericano trajo, en barco, su globo y la parafernalia correspondiente, estudió el comportamiento de los vientos, encendió el quemador con que calentaba el aire dentro de aquella enorme esfera de lona, se situó en la góndola, soltó las amaras y los lastres mayores, y subió, lenta, elegantemente, dejándose llevar por las brisas hacia el Sur, hasta ser un punto entre las nubes de la tarde. Cuentan que bajó, sin contratiempos, en un potrero perteneciente al capellán de San Ambrosio, allá por El Nazareno.
En 1830, el francés Adolphe Theodore dejó boquiabiertos a los habaneros con sus tres “vuelos” consecutivos, también saliendo de la misma ubicación.
Una moda. Una fiebre generalizada que le revolvió la locura a un portugués, vecino de La Habana Vieja, toldero por más señas, quien se gastó la totalidad de sus ahorros para comprar un globo con el más avanzado instrumental de navegación aérea y en él se aventuró más de una vez, como para ganar confianza y, finalmente, en uno de sus intentos, se fue a bolina. Nunca volvió a saberse de su destino. Pasó a la posteridad, que seguramente no habría alcanzado en su oscuro anonimato de fabricante de toldos. Se convirtió en leyenda. Cuando en La Habana alguien se pierde, el dicho popular más preciso enuncia que a lo mejor “…voló como Matías Pérez”.
En septiembre de 1835, por un acuerdo del ayuntamiento del pueblito habanero de Regla, se autorizó la construcción en esa localidad, de una plaza de toros para sustituir los rústicos corrales hasta entonces usados para ese propósito. Trece años después, un vecino partió desde esa instalación hacia el cielo, en su globo, de fabricación artesanal. Bajó y volvió a ascender varias veces. Tantas como quiso, con un total dominio, siempre con éxito. Su nombre era don Manuel Rozos. Los libros reglanos de historia dicen que era doctor, aunque sin especificar en cuál especialidad o profesión. Al menos en una de esas ocasiones, destinó las ganancias de su espectáculo a la reparación de las calles de su terruño natal, y ello habla muy en alto de su encomiable patriotismo localista.
No fue el único, ni el último ni en Regla, ni en La Habana, ni en Cuba.
Después la pasión por las ascensiones en aeróstatos languideció hasta desaparecer y las corridas de toros, tan asociadas a lo ibérico, terminaron junto con la dominación colonial española.
Así que ni globos ni toros. Solo la memoria histórica, para reseñas como ésta.
