La Habana por decir…

Amanecer en el malecón habanero. Foto: Gilberto González García

Amanecer en el malecón habanero. Foto: Gilberto González García

Hace 402 años el noble japonés Hasekura Rokuemon Tsunenaga, arribó a la entonces villa de San Cristóbal de La Habana con un llamativo séquito. Iba de camino a Europa tratando de abrirle paso comercial al Imperio del Sol Naciente.

Fue un pionero y nada dejó escrito acerca de la impresión que le causara la vista de una villa que debió ser un asombro para su cultura; llena de ruidos de carretas y vendedores, con personajes atildados, pobres y marineros, pero con una vista hermosa hacia la mar adonde entraban uno tras otro los navíos.

Muchos extranjeros a través de los siglos han llegado a La Habana por diferentes vías o razones. Ninguno pudo permanecer indiferente.

Hoy se escribirán las crónicas más hermosas sobre La Habana, las merecidas por el aniversario 497 de su fundación; esas que salen del corazón de habaneros e hijos adoptivos y que son el fruto del influjo de esta ciudad sobre quienes la habitan y visitan.

Se dirán textos sentidos, con el alma y la certeza de lo que somos: una riqueza étnica, cultural, histórica, religiosa, múltiple…

Otras muchas explicaciones no se podrán traducir a la comprensión de los foráneos, pues hay que vivir en La Habana para aceptar sus luces y sus sombras, sus penas más íntimas y alegrías más extremas. Transitamos por ellas como por nuestras venas, porque eso son, las venas de nuestra identidad, de lo que somos y no queremos abandonar.

San Cristóbal, santo patrón de la ciudad. Imagen perteneciente a la Catedral de La Habana. Foto: Gilberto González García

San Cristóbal, santo patrón de la ciudad. Imagen perteneciente a la Catedral de La Habana. Foto: Gilberto González García

¿Qué existen embrujos en La Habana? ¡Sí!

Los estudiosos se esfuerzan en desentrañar el por qué esas pinceladas sublimes de amor, ese exacerbado sentido de pertenencia y la pasión por un nombre que endulza en los labios cuando se pronuncia: La Habana.

¿Y qué falta hacen los textos si el corazón escribe su propia poesía?

Sépanlo: en La Habana, un pregón no es como en otras partes. Tiene una cadencia diferente.

En La Habana, la conversación es vertiginosa, se gesticula con ganas y se anda siempre de prisa, como si la brisa de la mar empujara.

La Habana vibra a diferentes ritmos, depende del barrio donde vivas o estés. Y la gente se llama con palabras que en otras partes serían una blasfemia: mamita, papito, tía, asere, oye padre, compadre, chico…

Y el vecino comparte el café. Otras veces no se entiende con el que vive al lado. Y los chistes más picantes o burlones circulan de boca en boca, porque los chistes son la crónica diaria de esta ciudad y es imposible tener un día sin alguien que te saque una carcajada.

¡Es la capital de Cuba, señores! No hay otra con esa dicotomía increíble de hechos, con esa sinfonía dispar, con esa policromía de voces y personajes.

Y por ello no te extrañe que la gente se pare en una esquina a conversar sobre cualquier tema. O que de pronto dos mujeres se digan lo peor luchando por un hombre. O que los niños salgan bulliciosos de sus escuelas. O que una mujer con turbante insista en leerte la mano.

Les digo que en La Habana, como en cualquier metrópoli, hay de todo; pero solo en esta ciudad la gente disfruta con tanto deleite su malecón, el olor del salitre y el romper de las olas, sus fiestas más pobres o más ricas, el toque de santo, la cerveza y el ron de medio pelo o la mejor marca.

Y afirmo que la gente de La Habana es especial. Y que esta Ciudad Maravilla se levanta y erigirá orgullosamente, porque tiene una historia resguardada, rescatada por personas que sienten que esa saga de lo que somos, luego de casi 500 años, debe prevalecer.

De una manera u otra lo han hecho a través de los siglos y cuando la inopia ha amenazado con destruir y sumirnos en la amnesia de un legado incalculable, la Revolución y hombres como Fidel Castro y Eusebio Leal han dado esa batalla junto a los habaneros.

Una cubana que hizo historia por Europa, María de las Mercedes de Santa Cruz y Montalvo, conocida como la Condesa de Merlín, al regresar a Cuba escribió en su libro Viaje a La Habana: “Permanezco inmóvil respirando a más no poder el aire, embriagador sonido que llega de aquella tierra; tierra bendecida de Dios. ¡Salud isla encantadora y virginal! ¡Salud, hermosa patria mía!”

Ese es el sentimiento de siempre del habanero, que no se explica, simplemente se siente bien adentro.

La vendedora de caramelos. Foto: Gilberto González García

La vendedora de caramelos. Foto: Gilberto González García

La Habana se mueve. Foto: Gilberto González García

La Habana se mueve. Foto: Gilberto González García

Un momento para la lectura. Foto: Gilberto González García

Un momento para la lectura. Foto: Gilberto González García

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