La Habana: sábanas blancas para el amigo sincero

La Habana es sencillamente, con sus luces y sus sombras, con su puño cerrado hacia el norte y su mano tendida hacia el sur, y sus sábanas blancas, la capital de los cubanos. Foto: Wikipedia

La Habana es sencillamente, con sus luces y sus sombras, con su puño cerrado hacia el norte y su mano tendida hacia el sur, y sus sábanas blancas, la capital de los cubanos. Foto: Wikipedia

Sitios de interés turísticos de La Habana como el Castillo del Morro, La Habana Vieja, la Plaza de la Revolución José Martí, la Bodeguita del Medio, el cabaret Tropicana, o la finca Vigía, por solo mencionar algunas, aparecen en las guías, catálogos y otros soportes de divulgación impresas por el sistema del turismo.

Pero hay muchas más cosas de La Habana que no están oficializadas en la publicidad o por las fuentes especializadas y que por consecuencia escapan al arsenal de curiosidades del visitante por falta de información.

Está claro que constituyen curiosidades muy íntimas, e incluso pintorescas, pero desconocer algunas de ellas sería como pescar sin carnada.

Constituyen personajes, anécdotas, sitios y hasta burlas que no van a la cuenta de la historia pero que adornan la personalidad del habanero, aunque estén testimoniados en artículos, canciones e incluso chistes, por aquel empeño de no perder la cubanía distintiva.

¿Sabía usted que los marcianos bajaron a La Habana? Pues la popular orquesta Aragón, en uno de sus vitales cha cha chás, así lo reporta y hasta asegura que llegaron bailando el rica cha.

Y que una habanera rellenara sus ropas para abultar el trasero y se contoneara por la esquina de Prado y Neptuno para atrapar la mirada masculina, también lo testimonió el compositor y director de las orquesta América, Enrique Jorrín.

Y ¿hasta dónde inmortalizó la cantante Rita Montaner el maní tostado, cuando recreó el pregón de aquellos vendedores de la leguminosa, escrito por Moisés Simons?

Hubo un bigotegato, un mulato de la barriada de Luyanó, con un enorme bigote a la usanza de tiempos coloniales, quien era casi imposible dejar de mirar, al menos con el rabillo del ojo, también añejado en una canción del Benny Moré.

Mucho se ha escrito y hablado sobre el Caballero de París, que para recordarlo vive bajo forma de estatua a la entrada del Convento de San Francisco de Asís y en la Pizzería Cinecittá, ubicada en la intersección de las calles 23 y 12, en El Vedado capitalino.

Muy propio del habanero y del cubano en general es apodar Almendrón a los autos viejos, algo que pudiera confundir momentáneamente al turista, para que luego esboce una sonrisa y escriba en su agenda un apunte más.

Las bicicletas chinas matizaron la imagen de La Habana en un período en el cual las limitaciones materiales tocaron fondo en la economía cubana.

Las abundantes bicicletas, todas iguales, paliaron la ausencia casi total de transporte urbano. Sin embargo, de nuevo se manifestó el carácter distintivo, emprendedor y optimista del habanero.

Cada cual comenzó a transformar esos equipos, cambiando detalles, eliminando piezas, pintando de otros colores, agregando adornos, inventando dispositivos para ampliar las plazas de ocupantes o para elevar la fuerza del pedaleo. Cada bicicleta se convirtió pues en una historia personal y única, que pasó inadvertida a los reconocimientos premios Guiness, quizá por el propio y exclusivo detalle de la colectividad.

Las sábanas blancas colgadas de los balcones ofrecen también un paisaje muy particular de La Habana, no en balde ese espectáculo centro la mirada creadora del cantautor Gerardo Alfonso.

La Habana ha devenido por estos años la capital de la cultura. Cultivadores de las bellas artes, individuales o colectivos, profesionales o aficionados, están ellos y sus obras en todos los barrios capitalinos y también abundantes son los que consumen la producción artística. Un atributo que nació en las alturas de la verde sierra.

Escenarios como escuelas, casas de cultura, peñas, hogares convertidos en talleres, tertulias, ferias del libro y la literatura, salas expositivas, museos, bibliotecas e incluso espacios comunitarios, contribuyen al desbordamiento de esta actividad humana en cada uno de los 15 territorios que conforma la geografía habanera.

La Habana es sencillamente, con sus luces y sus sombras, con su puño cerrado hacia el norte y su mano tendida hacia el sur, y sus sábanas blancas, la capital de los cubanos.

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