El Centro Histórico de La Habana es un lugar de grandes contrastes que, sin embargo, se integran en asombrosa armonía.
En sus calles estrechas, repletas de un mar humano, conviven paseantes de paso lento y mirada panorámica, con transeúntes inquietos, de andar presuroso y zigzagueante, de acera a acera, en busca de un camino expedito para sus prisas.
La Habana Vieja es como la esencia muy concentrada de la capital, donde siempre se puede hallar una muestra de todo cuanto alberga la provincia y, quizás, el país.
Junto a las fachadas clásicas de siglos remotos, asoman las vidrieras modernas y casi se esconden las puertas desvencijadas de alguna que otra cuartería.
Abundan los pequeños y lujosos hostales, tanto como las viviendas que alquilan una o varias habitaciones; proliferan los restaurantes y cafés de cualquier categoría, que compiten con incontables vendedores ambulantes de una amplia gama de alimentos típicos, desde el tamal o el pan con lechón, hasta los churros y las chicharritas de coditos, fruto de la brillante creatividad culinaria del cubano.
Aquí se puede comprar joyas de valor, casi cualquier souvenir que usted imagine, bisutería de todo tipo y hasta perros, curieles y gatos.
En un céntrico parque, en el mismo banco que suele ser campamento de algún deambulante, una peluquera no menos itinerante peina complicadas trencitas, mientras otro personaje callejero pasea con una cotorra en el hombro, con la cual se retratan los turistas.
El ambiente sonoro lo domina la música que interpretan, a veces con discutible calidad, septetos, tríos y trovadores que parecen estar en todas partes. No obstante, la música debe competir con los pregones callejeros y las conversaciones, en incontables idiomas, en algarabía que supera a la mítica Torre de Babel.
A todo esto, se unen los ruidos de construcción, porque aquí, afortunadamente, hoy se construye más de lo que el tiempo y la indolencia deterioran, aunque es necesario construir mucho más y cuidar lo que existe.
La Habana Vieja está llena de turistas, pero no es una de esas ciudades turísticas, hechas como de postales, sino un organismo vivo que late intensamente al compás del tiempo.
Con sus arrugas y cicatrices, con sus glorias y vergüenzas, con sus brillos y suciedades, pero segura, solidaria, acogedora y hospitalaria, la Habana Vieja es un lugar que vale la pena conocer.


