La Milagrosa: un amor hecho leyenda

La Milagrosa: un amor hecho leyenda. Foto: www.matanzascuba.org

La Milagrosa: un amor hecho leyenda. Foto: www.matanzascuba.org

El cementerio de Colón, conocido nacional e internacionalmente por sus notables valores históricos, artísticos y arquitectónicos, alberga la más hermosa y sincera historia de amor, jamás vivida por los capitalinos: La Milagrosa.

Si, esta mujer que sin quererlo se convertiría en una santa para las personas desesperadas y necesitadas de amor, comprensión y de encontrarle un rumbo a sus problemas.

Un día de pasatiempos con unos amigos me mencionaron ligeramente de esta pasión. No se los negaré, me cautivó y sentí la necesidad de indagar a fondo para comprobar la veracidad de lo contado. Me resultó tan emocionante su lectura, que quise compartirla con ustedes.

Transcurría las primeras décadas del pasado siglo y en una de las familias burguesas de españoles radicados en Cuba, la familia Francisco Goyri Adot y Magdalena de la Hoz, nacen cuatro hijos, tres hembras y un varón, Inés, María Teresa y Amelia que nace un 29 de enero de 1877 y el varón llamado Francisco, hermano menor de las cuatro.

Amelia, nuestra protagonista, desde niña fue muy generosa, hacia obras de caridad y ayudaba a los humildes, anticipo de los que años más tarde sería: La Milagrosa.

Pasó su infancia y adolescencia felizmente entre las paredes del palacio del Marqués de Balboa, tío político, acompañada siempre de su primo segundo, José Vicente Adot Rabell. Entre juegos infantiles nació una gran afinidad que posteriormente se convertiría en un verdadero amor, en un amor de leyenda.

A los trece años de edad, justo en la celebración de la boda de la mayor de sus hermanas, Amelia y José aprovecharon la ocasión para declarar en público su relación que mantuvieron a escondidas.

La familia de la joven, al ser una de las más adineradas de la sociedad en aquella época se opone a dicho compromiso debido a la mediana posición económica de la familia del joven.

Esto fue un duro golpe para Amelia al igual lo constituyó a penas cumplido quince años la pérdida de su madre de 42 años, víctima de una epidemia.

Cuba era colonia de España y José Vicente que quería ver a su patria libre del yugo opresor, se dirige hacia la manigua cuando el reinicio de la guerra de independencia del 24 de febrero de 1895.

Ya con grados de Capitán del Ejército Libertador regresa a La Habana decidido a pedir en matrimonio a su querida Amelia. Se casan el 25 de junio de 1900 en una ceremonia discreta y fueron a residir al Cerro. Con 23 años queda embarazada, crecía de su vientre el fruto de una de las más bellas historias de amor que haya existido en la Capital.

Cuando Amelia estaba en gestación de ocho meses, se le presenta una especie de hipertensión, un ataque de eclampsia, su estado era extremadamente delicado por lo que José Vicente busca al Mayor General Doctor Eusebio Hernández, obstetra y ginecólogo y su amigo personal, pero fue demasiado tarde para las dos. Amelia junto a su hija fueron enterradas en el cementerio de Colón.

A partir de ese momento José Vicente realizaría un ritual que posteriormente se convirtiera en mito. Para él Amelia estaba dormida, la despertaba tocando una de las cuatro argollas de la tapa de la bóveda, la de al lado del corazón, después se paraba enfrente a la sepultura, conversaba un buen rato y cuando se retiraba daba la vuelta por detrás de la escultura sin darle la espalda.

Y así visitó la tumba de amada hasta el fin de sus días durante cuarenta años y en su lecho de muerte, le pide a una de sus hermanas que le alcanzara una foto de Amelia, la toma entre sus manos, la aprieta contra el pecho y exclama: “Ya me puedo ir para siempre con mi amada”.

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