Para amar y soñar en La Habana

¡Qué atrayente pasear por el barrio de El Vedado y por su concurrida Rampa hasta llegar al malecón en su diálogo eterno con el mar, testigo de irrepetibles amores de los habaneros! Foto: Wikipedia

¡Qué atrayente pasear por el barrio de El Vedado y por su concurrida Rampa hasta llegar al malecón en su diálogo eterno con el mar, testigo de irrepetibles amores de los habaneros! Foto: Wikipedia

Lo más preciado de La Habana es su gente: sencilla, comunicativa y solidaria, que trabaja y estudia; que usa a diario el transporte público, y que abanico en mano se burla del calor y del bloqueo imperialista; su gente siempre a favor de las causas más justas; la de siempre, esa que ama y sueña.

Disfruto al imaginar cómo transcurriría la vida de quienes tuvieron el privilegio de fundarla y ser a la vez protagonistas del desarrollo de la entonces llamada San Cristóbal de La Habana.

Agradable resulta también recorrer las calles de adoquines de la Habana Vieja, adornada con sus instituciones culturales e históricas y museos que evocan épocas pasadas que quedaron atrapadas para siempre en el tiempo.

“Yo nací y me crié en La Habana”, dicen no pocos capitalinos con orgullo, y a continuación mencionan el hospital de maternidad donde vieron por primera vez la luz, como para dar más credibilidad a sus palabras, así como, el barrio donde crecieron y se volvieron adultos.

Atractiva resulta también La Habana moderna con edificaciones donde se unen diversos estilos arquitectónicos. ¡Qué atrayente pasear por el barrio de El Vedado y por su concurrida Rampa hasta llegar al malecón en su diálogo eterno con el mar, testigo de irrepetibles amores de los habaneros!

La adornan también sus esquinas, entre las más famosas, Prado y Neptuno, la de la Heladería Coppelia, y 23 y 12, donde convergen historia y actualidad; también el Paseo del Prado con sus leones que rugen mientras los cabalgan los niños del vecindario y también sus municipios más populosos como 10 de Octubre, Centro Habana y La Habana Vieja.

En La Habana son frecuentes los contrastes: conviven varias generaciones de cubanos, aquellos que peinan canas, a quienes siguen los jóvenes, y luego los niños que despiertan las mañanas para ir hacia sus respectivas escuelas.

Por sus calles transitan modernos autos junto a los antiguos, bautizados por la población como “almendrones”, que aún prestan un servicio social a la vez que deleitan la vista de los visitantes que se asombran con su presencia.

Yo me siento enamorada de La Habana, lo se por la emoción que me embarga cuando recorro su zona más antigua que viste calles de adoquines, edificios construidos siglos atrás y museos que guardan historias y tradiciones de una ciudad de más de cinco siglos de existencia.

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