Se dice que los primeros cristianos se refugiaron en sitios aislados y de total desolación y que por esto se les llamó anacoretas. Uno de ellos fue Antonio Abad, nacido en Egipto, quien antes de convertirse en santo se fue a un sitio conocido como La Tebaida.
Estamos hablando sobre una historia lejana, casi ignorada, salvo para estudiosos muy específicos del asunto, relacionados con la etapa de formación del pensamiento religioso católico.
Ya canonizado, devino San Antonio Abad o simplemente San Antón, ejemplo del hombre capaz de resistir a las tentaciones, por lo que, según no pocos de sus seguidores, venció los designios malévolos del demonio.
Y con esa voluntariosa capacidad de resistencia, trascendió en el imaginario popular, sobre todo en España y sus territorios coloniales americanos, incluida Cuba.
Por eso en nuestra actual y muy dinámica Habana hay, también, un sitio destinado a San Antón, pero con peculiaridades que lo hacen excepcional con respecto a otros en el resto del planeta.
Porque la cosas cuando se cubanizan adquieren un toque particular de singularidad que en casos tan respetables y sacrosantos como el que nos ocupa, únicamente se salvan de la interpretación relativa a la más absoluta e insolente irreverencia, puesto que no hay intención alguna por parte de los involucrados en haberse dejado llevar por motivaciones aviesas.
Ese San Antón al que voy a referirme está en el Santuario dedicado a la advocación de la Virgen de la Regla o norma religiosa católica de San Agustín, un templo con una historia impresionante por su riqueza anecdótica cuya construcción original como ermita hace casi cuatro centurias, determinó el paulatino poblamiento de su entorno hasta llegar a ser lo que ahora conocemos como el municipio de Regla, ubicado en la franja litoral interna de la Bahía, pero en su lado opuesto, directa y muy visible, frente a la parte más antigua de la ciudad de La Habana, a la cual se accede por diferentes vías, pero principalmente y en apenas unos pocos minutos, navegando en una ruta de lanchas que administrativamente, pertenecen a la Empresa de Ómnibus Urbanos.
Nuestro novelista mayor, Alejo Carpentier, le dedicó una crónica a Regla, a su iglesia donde los feligreses hacen invocaciones en una sola imagen, indistintamente a la Virgen María de los blancos católicos o a la deidad Yemayá de los negros africanos y de sus descendientes, además de a su interesantísimo San Antón, al cual calificaba, sin lugar a dudas, como lo más encantador del conjunto.
“Se trata de un San Antón, que es una honesta figura de iglesia española sin mayor interés… pero ocurre que un San Antón sin cerdo no sería San Antón, y como aquel había perdido el cerdo, decidieron darle uno”.
Y aquí vine lo anecdótico porque, para resolver la falta “… algún párroco bien intencionado se dirigió a un tallador reglano quien, como criollo, solo podía concebir a un cerdo bajo el aspecto de los que en cada Navidad son inmolados en los traspatios de nuestras casas. Y de ese modo, a la derecha del Santo, apresado por un collar de perro, se yergue un lechón de madera negra con ojos dorados cuyo larguísimo hocico anda husmeando imaginarias semillas de palmiche”.
La expresión del animal le resultó inconfundible al escritor, quien aseguró que aquel puerco, elevado a tan altas pretensiones míticas, estaba nada menos que riéndose, claro que con algo muy leve o sutil, que nunca habría pasado a trascender hasta la carcajada.
He visitado recientemente el lugar. San Antón está ahí, en el mismo sitio, con su marrano, pero éste ya no lleva el referido collar de perro, sino una muy modesta soguita, blanca, de algodón, que le da una holgada vuelta al tosco pescuezo.
Ignoro si éste es el mismo animal que vio don Alejo, hace ya tantísimas décadas, porque no tiene aquellos ojos dorados que tanto le llamaron la atención, ni tampoco lleva el aludido gran lazo azul sobre su cabeza, presumo que sabiamente eliminado, por lo ridículo de la estampa.
No se burló, seguramente por respeto a los creyentes, pero sí dejó una sugerencia para la posteridad, sobre su criterio muy personal sobre el destino que debería tener una obra de artesanía tan conspicua: “El día en que en La Habana se constituya un museo del folklore, este cerdo criollo deberá figurar entre las muchas joyas de la pintura y la escultura popular que cualquier espíritu curioso sabrá descubrir en las calles de nuestra capital”.


