Entre los muchos caprichos del voluntarioso Capitán General de la Isla Don Leopoldo O´Donnell durante su período de gobierno comprendido entre 1843 y 1848, estuvo el absurdo mayúsculo de bautizar a una calle habanera con el nombre de un amigo personal suyo quien nada tuvo nunca que ver con este país.
Ordenó que le pusieran, de a por que sí, Calzada de Belascoaín, en recordación de Don Diego León, muerto en Madrid en 1841.
El finado ostentaba el título nobiliario de Conde de Belascoaín y la decisión arbitraria de O´Donnell ha trascendido inexplicablemente en el tiempo y así llega hasta nuestros días.
Originalmente no era una calle como tal sino una vía concebida para el traslado directo y rápido de fuerzas militares desde el sur o el centro de la ciudad hacia la costa Norte.
Su concepción viene de la época en que los grandes estrategas españoles llegaron al convencimiento de que las Murallas, como obra defensiva, habían demostrado una patética ineficacia durante la prolongadísima batalla que terminó para la historia como la Toma de La Habana por los Ingleses. Además, la ciudad las trascendió desde tempos muy tempranos, surgiendo, por necesidad de crecimiento, otra zona poblada en lo que fue llamado los extramuros.
Entonces se entregaron a la idea, quimérica, de construir otra muralla que encerrara a las dos habanas, quizás por la actual Calle de Galiano, aunque pronto les pareció poco ante el empuje expansivo de la ciudad, y entonces pensaron en aquel camino polvoriento que después se llamó Belacoaín, y después propusieron que la obra faraónica se hiciera a la altura de lo que ahora es Infanta para, finalmente, ya en el siglo XIX, optar por una solución menos costosa y más abarcadora, aunque igualmente ineficaz, quien fue la Trocha de Mariel a Majana, no ya para defenderse de los ejércitos de los imperios europeos, sino para evitar que los cubanos insurrectos e independentistas, llegaran hasta los alrededores de su entre comillas, inexpugnable bastión habanero.
Una graciosa curiosidad detectada por el historiador Rolando Aniceto es la que le han hecho afirmar que la única calle de La Habana que ha sido capaz de separar a una pareja de monarcas españoles, ha sido precisamente Belascoaín, en este caso a la Reina y a Don Carlos III.
Esas dos calles son una sola vía. Desde la primera y única muralla hasta Belacoaín, se desarrolla la populosa Calle Reina, nombrada así en homenaje a Isabel Segunda. De Belascoaín en adelante, se despliega la anchurosa Avenida de Carlos Tercero, como continuidad de Reina.
La vía que nos ocupa, por un acuerdo del Ayuntamiento habanero en 1911 fue nombrada Padre Varela, en recordación del insigne pensador y precursor revolucionario habanero Don Félix Varela Morales.
Pero una cosa son las denominaciones oficiales y otra las costumbres populares. De manera que para los habaneros, desde casi la medianía del siglo XIX hasta hoy mismo, ésta es la calle de Belascoaín, sin que ni siquiera se pregunten por qué.


