Una casa del Cerro con historia

Actual hospital pediátrico del Cerro. Foto: Isabel García Betancourt

Actual hospital pediátrico del Cerro. Foto: Isabel García Betancourt

El Cerro constituye hoy en día un barrio muy pintoresco, animado y popular, guardián de una gran riqueza, desde el punto de vista arquitectónico, cultural e histórico. Su arteria principal es, sin dudas, la calzada del mismo nombre.

A través de toda su extensión podemos observar enormes casas coloniales de majestuosas columnas, largos portales, y trabajada herrería, evidencia de las que otrora fueran las casas quintas o de descanso de las familias más aristocráticas y acaudaladas de la época.

Una de estas majestuosas edificaciones es la ubicada en la calzada de Cerro, entre Monasterio y Santa Teresa, ocupando toda la manzana. Lugar donde hoy se encuentra el hospital pediátrico de ese municipio, popularmente conocido como Las Católicas Cubanas, por haber sido la casa adquirida por esa congregación desde 1924 y funcionar bajo su tutela como el Sanatorio La Milagrosa, por varios años.

Lo que no todos conocen es que este no constituye el único hecho significativo en la historia del inmueble. El caminante que pasa por la calzada y contempla el mismo, puede observar en su fachada principal, una tarja que recoge cronológicamente los hechos más importantes de esta residencia.

Consta en la misma que se construyó en 1858, por don José Melcares y Teresa Herrera, hija del marqués de Almendares. Posteriormente, en 1874, se celebró en ella la ceremonia matrimonial de Manuel Peralta y María Teresa Herrera, en la que actuaron de testigos el príncipe Alejandro Alejandrovich, tercer hijo del emperador de Rusia y el capitán general, don Ramón Blanco.

Pero uno de los hechos más nombrados, dentro de la selecta burguesía habanera, ocurriría a partir de que, en 1890, se instalasen en ella los condes de Fernandina. Dichos moradores eran nada más y nada menos que José María Antonio Esteban de Herrera y Garro, tercer conde de Fernandina, nombrado Grande de España, y su esposa María Serafina Clemencia de Montalvo y Cárdenas-Vélez de Guevara, Calvo de la Puerta y Beitía.

Vale señalar que esta no fue la mansión original de la familia, sino una casona que alquilaron los Fernandina, pues ya en esta época habían perdido toda su fortuna, incluyendo su lujoso palacio dentro de la misma barriada, construido por el segundo conde, de vasto portal, finas balaustradas, jardín con estatuas y bancos tallados en un solo bloque de mármol.

Esto era parte de lo que la familia había logrado acumular, y que incluía además una finca cañera de 110 caballerías en la provincia de Matanzas, dos ingenios, así como una de las mejores colecciones de arte de la Cuba colonial.

Don José María y su esposa se vieron en la quiebra cuando les dio por “vivir en grande”. Se establecieron durante años en París y dejaron sus intereses en Cuba en manos de apoderados. A Serafina le dio por rivalizar en joyas y vestidos con la emperatriz Eugenia de Francia, competencia que resultó fatal.

También daba enormes propinas, su casa se convirtió en el centro de la aristocracia Parisiense, donde tenían lugar las más sonadas fiestas de la Ciudad Luz, alcanzando allí gran celebridad.

Pero el tercer conde había acumulado deudas cuantiosas al desatender sus intereses en Cuba, dejándolos en manos de terceros que realizaron negocios desafortunados y esto, sumado a las crisis por las que atravesó el azúcar en su tiempo, lo llevó a la ruina.

Lo que fue suyo pasó a manos de Pedro Lacoste, rico terrateniente de las zonas de Holguín, Gibara, Colón y La Habana, que era su principal acreedor.

Por tal motivo alquilaron esta casona, que no era tan lujosa como la otra, pero estaba acorde a su abolengo. De hecho, si habían brillado en parís, aquí no podían ser menos, cosa esta que tuvieron la oportunidad de demostrar en ocasión de la visita, de la infanta Eulalia de Borbón quien fue el primer miembro de la casa real española que visitó La Habana, a partir del 8 de mayo de 1893.

Los condes, en su estancia en París habían sido visita frecuente en casa de Isabel II, madre de Eulalia. Por tanto nada más natural que ofrecer una recepción a su altura, en honor de la visita de la infanta.

La magna fiesta tuvo lugar el 11 de mayo de 1893, las crónicas de la época recogen lo esplendorosa que lucía la casona, resplandeciente de luces, en tanto afuera un cordón ininterrumpido de carruajes ocupaba toda la Calzada del Cerro , desde la Esquina de Tejas y al llegar a la curva de Palatino era imposible dar un paso.

Después de esta fiesta tan renombrada, la casa es adquirida en 1914 por los marqueses de la Real Campiña, quienes la compraron para usarla como su residencia. Años más tarde en 1924, el inmueble pasó a ser un sanatorio al adquirirlo las Católicas Cubanas.

En la actualidad, constituye un importante centro de salud, puesto al servicio de toda la población en especial de los niños, tanto del Cerro como de otros municipios aledaños. Noble función para esta casona cuyos muros han sido testigos de una parte importante de la historia del municipio.

Refrencias: Enciclopedia colaborativa en línea EcuRed, periódico Juventud Rebelde.

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