A la caza del asesino de Mella

Foto: uh.cu

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– ¡Ese es el asesino de Mella!*, grita Benny Castelar desde el carro prestado donde va, con dos compañeros, a cazar porristas. La caza, ahora, es mayor, en algo así piensa cuando señala con el índice el auto grande y negro que vuela por el Prado.

“¡Alcanza aquella máquina: ahí va Pepe Magriñat!”, agrega. Quien conduce, obedece. Preparan la escopeta, también prestada. El bandido se da cuenta de la persecución. Aprieta el acelerador. Coge por Neptuno. Dobla contrario, se les pierde…por algunos minutos. Están ahí, tras sus huellas. Puede olerles el odio. No lo van a dejar tranquilo.

Vuelve a doblar. Semiparquea. Sale del auto, no cierra la puerta siquiera. La pistola en la diestra. Cuando sube de dos en dos las escaleras de la funeraria Fernández, jura que venderá cara su vida; él, que tanta muerte ha causado.

– Quédense aquí cuidando, voy a buscar a los muchachos, dice Castelar.
San Miguel 78 entre San Nicolás y Manrique. Otros gritos que estremecen. La gente sale a los balcones.

– ¡Vizcaíno, Rodolfo, Ramiro…, bajen rápido: tengo a Magriñat acorralado en la funeraria!
A buena hora: los jóvenes están reunidos. Machado huyó, pero la victoria no es plena, está lejos y ellos desean alcanzarla. Pronto, todos están en la calle: Pedro Vizcaíno, Rodolfo de Armas, Ramiro Valdés Daussá, Chino Seijas, José Luis Aguilar, Manolo Arán, Rogelio González…

Rodolfo porta su pistola y exige un puesto de avanzada. Vizcaíno tiene un Sprinfield y, también, la experiencia, el aplomo de un experto en acción y sabotaje, de esas batallas a las que lanza el enemigo con sus burradas. Además, conoce muy bien al criminal.

– Sin locura, Magriñat es un campeón de tiro: donde pone el ojo, se acabó la vida. En la cacha de su arma hay diez rayas y ha eliminado a más todavía, alerta Vizcaíno.

– No se puede escapar, afirma Rodolfo.

– Tratemos de cogerlo vivo para que hable lo que sabe sobre el asesinato de Mella, dice Ramiro.

– No será fácil, aclara Vizcaíno.

– El caso es que no se escape, reitera Rodolfo y aprieta la 45.

El público rodea la funeraria. Vizcaíno distribuye a los hombres. La tarde comienza a ser devorada por la noche, el aguacero amenaza. Rodolfo y Arán suben a la azotea de la casa de los Lafita. Luz en el escondrijo, cierran las persianas, apagan. La fiera está enfrente; sitiada, pero fiera. Lo muestra. Rodolfo se lanza sobre Arán. ¡Al suelo! Se salvan. Dos balazos en la pared de atrás, a la altura del pecho.

Rodolfo baja para averiguar si la funeraria tiene otra salida. Vizcaíno responde que no. Conoce de memoria el edificio donde han tendido a varios héroes asesinados. El dueño, incluso, se ha portado muy bien con los antimachadistas; su hija colaboró con ellos en diversas acciones.

Desconocían los combatientes que Magriñat es cuñado de Fernández, ni este sabía a ciencia cierta de las andanzas del familiar, quien ignoraba que frente al negocio de pompas fúnebres existía un cuartel del pueblo, no desmantelado aún, donde se preparaban sabotajes y atentados, y se escondían amenazados de muerte.

Lo mejor es que suba Vizcaíno con su fusil y su puntería excelente. ¡A la azotea, Pedro, Seijas y Manolo! El primero coloca su boina en un palo, lo alza despacio y… ¡tres disparos! Tres huecos en la boina. Rodolfo y Ramiro arriban. Mueven las manos, provocan al individuo. Rodolfo saca la cabeza fuera del muro, profiere insultos; Vizcaíno le pide que tenga cuidado. Llueven las balas. Pican cerca.

Silencio. El parque se le ha acabado. Enciende la luz, busca balas que ocultaba en un ataúd. Busca su ataúd porque…

–  Ahora voy a tirar, dice Vizcaíno a Rodolfo. Apunta. Las persianas se abren. El matón va a usar la pistola. El disparo. Pero quien cantó fue el Sprinfield. La figura salta, se encorva.

– Le diste, le diste…, escandaliza Rodolfo.

La puerta se abre. El herido camina lentamente. No lleva ya el arma. Nada ni nadie podrá salvarlo: le han dado en la región subclavia interna. La lesión es mortal. Cae de rodillas en el balconcito.  Él acelera su desaparición: se incorpora, saca una navaja barbera y… ¡se degüella! Cae al patio de la funeraria. Cuando los revolucionarios llegan a su lado, todavía está vivo y el odio baila junto a la muerte en sus miradas. Mas no pasa mucho y Pepe Magriñat expira.

– No podía escaparse: Mella ha sido vengado, comenta Rodolfo de Armas.

*El líder comunista y estudiantil cubano Julio Antonio Mella fue asesinado por esbirros de Machado el 10 de enero de 1929, cumpliendo órdenes también de lo peor de Estados Unidos.

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