Aquel 27 de noviembre de 1871 aún nos conmueve

Año tras año se convierte en un honor más que un deber rendir homenaje a 8 jóvenes inocentes que fueron fusilados el 27 de noviembre de 1871. Foto: Radio Rebelde

Año tras año se convierte en un honor más que un deber rendir homenaje a 8 jóvenes inocentes que fueron fusilados el 27 de noviembre de 1871. Foto: Radio Rebelde

Como a cualquier otro grupo de jóvenes, la vida les sonreía; todos estudiantes universitarios, eran la alegría de sus hogares, amaban, y a su vez eran queridos por familiares y amigos, y disfrutaban a plenitud su existencia.

El 27 de noviembre de 1871 ocho estudiantes de medicina fueron vilmente asesinados por el colonialismo español para quien nunca existirá el perdón. Aquel suceso, 143 años después, aún conmueve.

Ellos se nombraban Alonso Álvarez de la Campa, de 16 años de edad; Anacleto Bermúdez y González de Piñera, de 20; José de Marcos y Medina, 20; Ángel Laborde y Perera, 17; Juan Pascual Rodríguez y Pérez, 21; Carlos Augusto de la Torre y Madrigal, 20; Eladio González Toledo, 20 y Carlos Verdugo y Martínez, 17.

Momentos antes de morir dejaron sus últimos mensajes, tanto a familiares como a amigos. Fueron notas breves, con detalles aparentemente de poca importancia, ante lo que ya era la muerte inminente, pero no por ello menos desgarradores – recoge la prensa de la época-.

Eladio solicitaba a Cerra que, como prueba de amistad, conservara un pañuelo en posesión de Domínguez y que diera a éste el que le acompañaba; Anacleto pedía que padres y hermanos se consolaran pronto y entregaran a Lola su sortija y leontina para que siempre se acordara de él; Alonso reiteraba a los suyos un querer entrañable y la fe de ver a los padres en la gloria, Pascual decía a Tula nunca haber creído verse en un caso así, porque había sido hombre de orden. Ángel, en el adiós definitivo, afirmaba: muero inocente, me he confesado.

No se menciona en algún artículo por ser demasiado desgarrador, el dolor de las madres, padres, hermanos y amigos, a quienes acompañó la indignación perpetua de todo el pueblo. A la decisión de fusilarlos siguió la profunda pena, que sintieron mientras vivieron, unido a la impotencia por la ausencia de justicia.

Cualquier persona con un mínimo de cordura y a la vez sensibilidad al pensar en aquellos acontecimientos diría con certeza que jamás serían perdonados. Sobre sus conciencias cayó la condena y la culpa por tratarse de un horrendo crimen.

La historia describe los hechos: “El 25 de noviembre de 1871, fueron detenidos en La Habana, acusados falsamente de haber arañado la tumba de un periodista español. Al día siguiente los estudiantes fueron procesados en juicio sumarísimo”.

Desde la medianoche del día 26 hasta bien entrada la mañana del 27 demoró la decisión del rigor de la sentencia y del número de prisioneros que se someterían a ella. El fallo de este juicio no fue aceptado por los voluntarios españoles amotinados frente al edificio de la cárcel donde se celebrara el juicio.

Los estudiantes fueron procesados seguidamente una segunda vez, donde se determinó que, tanto el estudiante que había arrancado la flor y los cuatro que habían jugado con el vehículo se debían condenar a la pena máxima y otros tres escogidos al azar para llevar a cabo el escarmiento.

El consejo de guerra firmó la sentencia a la una de la tarde y leído el fallo a los ocho estudiantes que debían morir, entraron en la capilla poco antes de las cuatro.

Después de permanecer allí por espacio de media hora, se les condujo con las manos esposadas y un crucifijo entre ellas hasta la explanada de la Punta, donde se llevaría a cabo la ejecución.

Frente a los paños de pared formados por las ventanas del edificio usado como depósito del cuerpo de ingenieros, se colocaron de dos en dos, y fusilados a las 4:20 p.m. por el piquete de fusilamiento al mando del capitán de voluntarios Ramón López de Ayala.

Condena encierra el siguiente fragmento del poema escrito por José Martí a propósito del nefasto hecho: ¡Déspota, mira aquí cómo tu ciego anhelo ansioso contra ti conspira: Mira tu afán y tu impotencia, y luego ese cadáver que venciste mira, que murió con un himno en la garganta, que entre tus brazos mutilado expira y en brazos de la gloria se levanta! No vacile tu mano vengadora; no te pare el que gime ni el que llora: ¡Mata, déspota, mata! ¡Para el que muere a tu furor impío, El cielo se abre, el mundo se dilata!

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