Bastan siete fusiles para ganar la guerra

 Como se dijo en Cinco Palmas, se ganó la guerra y se hizo la Revolución. Foto: Archivo Granma

Como se dijo en Cinco Palmas, se ganó la guerra y se hizo la Revolución. Foto: Archivo Granma

En las 48 horas siguientes al combate de Alegría de Pío, fragmentados en grupos pe­queños —algunos incluso se habían quedado solos—, los expedicionarios del Granma se dirigieron hacia el este con el objetivo de cumplir la orden de Fidel Castro: marchar a la Sierra Maestra para reagruparse allí. Para ello tuvieron que afrontar el hostigamiento del ejército batistiano y su aviación, que con continuos bombardeos no daba tregua.

En Alegría de Pío ya habían caído los revolucionarios Humberto Lamothe, Israel Ca­bre­ra y Oscar Rodríguez. El 8 de diciembre de 1956 es recordado en la Historia como “el sábado negro”: diecisiete expedicionarios fueron asesinados ese día.

Esa jornada a Armando Mestre, José Ra­món Martínez y Luis Arcos los detuvieron cerca del río Toro. Conducidos hacia el batey de Alegría de Pío, cuartel provisional de la tro­pa batistiana, allí ya estaban Jimmy Hirzel, Andrés Luján (Chibás) y Félix Elmuza, aprehendidos en un cañaveral cercano. Ultimados esa misma no­che, sus cadáveres fueron arrojados ante las puertas del cementerio de Ni­quero.

Traicionados por un campesino, otros seis revolucionarios cayeron en manos de un connotado criminal del Servicio de Inteligencia Naval. Los primeros en ser asesinados fueron José Smith y Miguel Cabañas. Con tres disparos a quemarropa, el esbirro segó la vida de Ñico López. Tomás David Royo huyó por el farallón. No llegó muy lejos y el jefe de los sicarios, tras aprovisionar a su pistola de un nuevo peine, disparó contra él. Luego lo hizo contra Cándido González.

Raúl Suárez, René O’Reiné y Noelio Capote fueron detenidos en la desembocadura del río Toro. Después de interrogarlos, los ametrallaron por la espalda. Ya en la noche René Bedia, Eduardo Reyes y Ernesto Fernández se detuvieron para tomar agua en Pozo Embalado. Veinte soldados emboscados en un platanal dispararon contra ellos. Bedia y Reyes cayeron heridos. Luego los remataron. Fernández rodó cañada abajo y arrastrándose se perdió en la oscuridad. Unos campesinos le prestaron ayu­da y lo ocultaron en una cueva. Sobre­vivió.

Siete días después, Juan Manuel Már­quez sería el último en engrosar la lista de ul­ti­mados.

Una red de colaboradores, vinculados al Movimiento 26 de Julio a través de Celia Sán­chez, que encabezaban Crescencio Pérez y Guillermo García, se organizó en la zona en apoyo a los expedicionarios. El grupo de Juan Al­meida, al cual se le sumaron Camilo Cien­fuegos y dos compañeros más, al fin topó con gente amiga. Los combatientes agrupados por Raúl, en su marcha hacia el este encontraron a la familia de Neno Hidalgo.

Fidel y su grupo ya habían contactado con la red campesina mediante los hermanos Te­jada. A través de estos, logran entrevistarse con Guillermo García el 14 de diciembre. Este le informa a Fidel de lo sucedido hasta el momento.

A medianoche del 18 de diciembre, bajo las cinco palmas de la finca de Mongo Pérez, se reunieron ocho expedicionarios de los grupos de Fidel y Raúl (entre el día siguiente y el 21 se les sumarían Che, Almeida, Ca­milo, Ramiro y tres compañeros más). Los dos hermanos se abrazaron. “¿Cuántos fusiles traes?” —preguntó Fidel. “Cinco”. “Y dos que traigo yo, siete. ¡Ahora sí ganamos la guerra!”.

Tomado de: Granma

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