“Cadáveres amados, los que un día, ensueños fuisteis de la patria mía”. Este fragmento del poema A mis hermanos muertos el 27 de noviembre, de José Martí, bien pudiera haberlo escrito el Maestro, dedicado a todos los mártires de la Revolución Cubana.
Porque todos esos jóvenes valientes que dieron su sangre a la tierra hermosa que los vio nacer son, y seguirán siendo por siempre, orgullo de la patria que no olvida sus numerosos nombres.
Cada día es un Día de los Mártires, porque no hubo una sola jornada en que no cayera un combatiente, desde el primer estudiante universitario masacrado por la policía batistiana, hasta el último soldado rebelde abatido en el último combate antes de la madrugada del primero de enero de 1959.
Muchos de ellos no cayeron en combate, sino que fueron asesinados, no sin antes ser salvajemente torturados tratando de arrancarle una delación. La mayoría de los muertos en los asaltos a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes no cayeron durante la escaramuza, sino que fueron heridos o apresados y luego asesinados. Fulgencio Batista había dado órdenes de que las bajas de los asaltantes debían superar en 10 a uno a las de los soldados.
Otros muchos fueron apresados y asesinados por los órganos represivos: el Buró de Investigaciones, el Buró para la Represión de Actividades Comunistas (Brac), los cuerpos paramilitares como los denominados Tigres de Masferrer, la Guardia Rural, la policía…
Después del triunfo de la Revolución continuaron naciendo mártires: los de Playa Girón, los que cayeron defendiendo la frontera, los asesinados durante misiones pacíficas en otras tierras del mundo. La lista es interminable.
La sangre de esos hombres y mujeres no se derramó inútilmente, sino que abonó el surco en que germinaron y crecieron las nobles obras de la Revolución, aun en contra de los oscuros designios de la contrarrevolución interna y la mafia anexionista y terrorista radicada en Miami quienes han tratado, y tratan, de derrocar el sistema social que los cubanos escogimos por voluntad propia.
Hoy las armas no son las mismas, ya parecen haber abandonado las balas, el fuego, el veneno, los microbios y los explosivos y apuestan por la desmovilización del pueblo, sobre todo de los jóvenes que no vivieron el pasado de terror y represión que acabó con la vida de 20 mil cubanos.
Hoy tratan de fomentar la pasión desmedida por las cosas materiales, por el dinero. Hoy tratan de fomentar el desarraigo y el rechazo a los principios éticos que el socialismo impone.
Muchos flaquean, se dejan arrastrar por cantos de sirenas que solo intentan hundir a Cuba en el mar de la ignominia, pero la mayoría del pueblo se mantiene firme junto a la Revolución para que nunca dejen de ser amados aquellos cadáveres que un día ensueños fueron de la patria mía.

