Camilo Cienfuegos está siempre entre los cubanos

La Invasión de Camilo Cienfuegos a Pinar del Río. (Foto: santaclaraelche.blogspot.com)

La Invasión de Camilo Cienfuegos a Pinar del Río. (Foto: santaclaraelche.blogspot.com)

Fuimos aprendiendo de sus hazañas con los años. Hablo de esa generación que desde su poca edad escuchaba anécdotas del comandante Camilo Cienfuegos y no entendía muy bien por qué las personas lo buscaban afanosamente.

Esa es la primera idea que a tantos cubanos y cubanas nos fue acercando a un héroe que rompe los cánones de una veneración desmedida y que ni en la muerte ha sido un ídolo lejano, ya que su propia historia, esa saga de valiente, justo, travieso, gente sencilla, lo ha hecho caminar junto a su pueblo, más allá de las tantas batallas que libró.

Un 6 de febrero, pero del año 1932, nació Camilo Cienfuegos Gorriarán, en la calle Pocito número 71, en la barriada de Lawton, municipio de Diez de octubre, en La Habana.

Quien visitó este hogar, hoy Museo, puede imaginar escenas cotidianas de una familia cubana de entonces: a doña Emilia trajinando en la cocina, mirando por las pequeñas ventanas para saber por dónde andaban los muchachos. Y al padre Ramón, serio, como aparece en las fotos, afanoso sacando las cuentas que no alcanzan, tal vez leyendo su periódico o imponiendo carácter en espacio de varones inquietos.

Camilo fue un muchacho de barrio. De manera que conocía muy bien la pobreza, la ausencia de esperanzas, la dura lucha para encontrar trabajo y al menos alimentarse un poco. Ello conformaría su talla de revolucionario activo.

Le gustaban los deportes. Estudió incluso un tiempo en la Academia de Artes de San Alejandro. Se cuenta que, además, era un buen bailador, chistoso en las reuniones sociales y a quien las chicas buscaban: ¡Y claro¡ con esa estatura, sonrisa hermosa y simpatía personal: ¿Qué muchacha podría ignorarlo? Sin embargo, él tenía otras ideas más importantes en su mente.

Como casi la mayoría de los jóvenes de entonces sintió la necesidad de enfrentarse a una dictadura feroz que asesinaba a mansalva; de denunciar la alevosía de una oligarquía poderosa que manejaba la política para saquear al país; de negarse a permitir que continuaran las injusticias, las desigualdades, la ausencia de esperanzas.

Estuvo en los enfrentamientos callejeros de los estudiantes contra la soldadesca, llegó en el yate Granma junto a Fidel Castro y se fue a la Sierra Maestra donde ganó esos grados a los cuales nunca prestó mucha atención, pero de los que hizo uso en cuanto a exigencia en la disciplina y formación para el combate.

Fue un jefe de primera fila, de poner el pecho primero y mostrar un arrojo que dejaba perplejo al enemigo. Se le destaca, asimismo, como un excelente estratega.

La invasión al llano occidental que le ordenara Fidel Castro, la cumplió con creces y se puede afirmar como esencial en la creación de un escenario propicio para el triunfo definitivo de las tropas rebeldes.

Nadie puede negar que Camilo Cienfuegos sea merecedor de cada uno de los honores. Fue designado al triunfo de la Revolución como jefe del Estado Mayor del Ejército Rebelde y hubiera asumido cualquier tarea sin ambiciones personales, con su corazón martiano y amor patrio que fueron el impulso de su vida por encima de cualquier otra consideración. Y claro, con esa fidelidad a quien fue su amigo, pero sobre todo su Comandante en Jefe.

No voy a especular con lo que pudo ser, pero está claro que jamás se habría valido de sus méritos o cargos en interés personal. Como Fidel y Raúl Castro, Ernesto Che Guevera, Juan Almeida y otros tantos y tantos jefes o simples soldados, su lugar estaría donde la Revolución lo necesitara.

En una escueta crónica no se puede esbozar la dimensión del hombre que fue; del combatiente a quien hasta las balas temían; del Héroe de Yaguajay, de ese a quien la voz popular, en su imaginario amoroso, atribuye el triunfo en mil batallas y bien ganadas están; del recién estrenado soldado que en el despiadado combate de Alegría de Pío, lanzó ese grito de guerra que siempre nos ha alentado: “¡Aquí no se rinde nadie, carajo!”

Pero la visión que recoge con mayor profundidad y veracidad quién fue Kmilo, como alguna que otra vez firmara o Camilo Cienfuegos, es la que escribió su compañero, amigo y revolucionario de talla universal, el comandante Che Guevara, de quien se conoce que no era dado a los elogios complacientes:

“Lo que a nosotros, los que recordamos a Camilo como una cosa, como un ser vivo, siempre nos atrajo más, fue lo que también al pueblo de Cuba atrajo: su manera de ser, su carácter, su alegría, su franqueza, su disposición a ofrecer su vida, a pesar de los peligros más grandes con una naturalidad total, con una sencillez completa, sin el más mínimo alarde de su valor, de sabiduría, siempre siendo un compañero”.

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