La llegada triunfante a La Habana de Fidel Castro y los barbudos, como la población identificó en aquel momento a los miembros del Ejército Rebelde quedó para siempre en la memoria de quienes tuvieron el privilegio de vivirlo en Ciudad Escolar Libertad.
En toda la trayectoria de la caravana primaron la alegría y la emoción; un entusiasmo desbordante traducido en reiteradas y efusivas vivas de la población a quienes traían la libertad desde la Sierra Maestra al pueblo.
Afirman quienes estuvieron allí como protagonistas y espectadores de la llegada triunfal de Fidel, que el 8 de enero hizo un intenso frío.
Uno de ellos fue Rafael Yera del Portal, integrante de la tropa liderada por Fidel, quien recuerda la euforia del pueblo que gritaba: “ya somos libres y daba vivas a la Revolución, al movimiento revolucionario 26 de Julio y al líder histórico de la Revolución”.
A Pedro Labrador Pino, otro de los entonces rebeldes, le asoma la emoción a los ojos cuando dice: “en todas las calles el pueblo los esperaba; era tanta la multitud que los carros no podían avanzar, no puedo evitar emocionarme cuando evoco aquellos días; me veo como entonces muy feliz”.
José Alberto León Lima, Leoncito, como lo llamaba el Comandante en Jefe, era uno de los miembros de su escolta y más tarde su chofer.
En la Caravana de la Libertad, Fidel partió desde la heroica Santiago de Cuba y recorrió la Isla hasta llegar a la capital cubana para ser recibido por un pueblo cuya alegría era inmensa. Detrás quedaba la larga noche de la corrupción, la tortura, la muerte, la discriminación, el hambre y la politiquería.
“Desde horas muy tempranas la gente estaba en las calles con banderas cubanas y del 26 de Julio en las manos; todos querían montar en el carro donde venía Fidel”-recuerda quien en 1959 tenía 21 años de edad-.
“Yo venía con él en el yipi -aclara-, él no llega a La Habana desde el municipio el Cotorro en un tanque como muchos creen; allí se baja del tanque, que era donde también venía su hijo “Fidelito” y toma el nuevo vehículo que lo trae junto a otros combatientes hasta Columbia”.
Sobre lo que más lo impresionó en aquellos momentos afirma: “Estar al lado de Fidel, acompañarlo en toda la trayectoria desde Oriente hasta La Habana; pertenecer a su escolta, que considero un honor, un privilegio y un orgullo”.
Un gigantesco acto político donde el pueblo reafirmó el apoyo a la naciente Revolución, se realizó ese día en el lugar que antes de 1959 fue el Cuartel Columbia, símbolo de la opresión y la barbarie de la dictadura de Fulgencio Batista, y a partir de esa fecha, Ciudad Escolar Libertad, donde se educan las nuevas generaciones de cubanos.
Todos a la vez querían tocar a los rebeldes, abrazarlos, darles las manos y besarlos para demostrarles el agradecimiento. Ellos también radiantes, regalaban collares de Santa Juana, casquillos de balas a los niños como recuerdo, y con su presencia prometieron al pueblo lo que cumplieron: un mejor futuro.
Fue el discurso de Fidel memorable, una revelación que es un principio inviolable de su líder: decir la verdad, como ha hecho en los 56 años de la Revolución Cubana.
La verdad es uno de los pilares en los que se sustenta el proceso político cubano. Aquel joven de apenas 33 años decía ideas, conceptos, preveía el camino difícil y advirtió, de los años por venir. Nada que se pareciera a los discursos de los políticos tradicionales, ya depuestos para siempre en la Isla.
Desde aquella noche, y así ha sido hasta hoy, Fidel nunca le mintió al pueblo que le sigue y respeta. No se equivocó cuando dijo aquel 8 de enero que su más firme columna, su mejor tropa, la única tropa capaz de ganar sola la guerra era la del pueblo. Y aseveró: “El pueblo es invencible. Y el pueblo fue quien ganó esta guerra”. Muchos evocan el 8 de enero de 1959 como un suceso irrepetible.


