Crónica de lunes: Una flor que dejó su esencia para siempre

Celia: una flor que se destaca entre las flores. Diseño: Gilberto González García

Celia: una flor que se destaca entre las flores. Diseño: Gilberto González García

Las flores suelen ser efímeros regalos de la naturaleza, con sus llamativos colores, sus formas sugerentes o su exquisito perfume. Sin embargo hay flores cuyos atributos perduran en el tiempo porque su existencia es muy intensa, como sucede con aquella que abandonó la vida material el 11 de enero de 1980.

Cual sutil hechicera, sus manos trocaban en belleza y amor cuanto tocaban. Por eso la muerte, aunque quiso llevársela, solo logró rozarla a sedal y su esencia quedó impregnada en el corazón de cada cubano, y sobre todo, de cada cubana.

¿Era bella? No al estilo de una Marilyn Monroe, una Brigitte Bardot, o una Claudia Cardinale. Sin embargo su rostro irradiaba tanta bondad, tanta nobleza, tanta serenidad, que el músculo esencial da un vuelco en el pecho cada vez los ojos se posan en una fotografía suya.

Es muy posible, avezado ciberlector, que usted ya sepa que hablamos de Celia Sánchez, que muy bien se ganó el apelativo de la flor más autóctona de la Revolución Cubana, porque nació de la tierra virgen para ir creciendo y ensanchándose como una fragante espiga de mariposas, la flor nacional de Cuba, de las que Celia no perdía ocasión de prender una en su oscura cabellera.

De Celia Sánchez queda muy poco –quizás nada– que no se halla dicho o escrito ya. Solo recordar que nació el 9 de mayo de 1920 en el central azucarero Isabel, en Media Luna, antigua provincia de Oriente, hoy municipio de la provincia de Granma.

Su vocación humanista debe haber sido heredada de su padre, el doctor Manuel Sánchez Silveira, reconocido médico de avanzadas ideas, quien también colaboró activamente con la lucha insurreccional, a pesar de constituir una familia acomodada.

Desde que Fulgencio Batista perpetrara el golpe de estado que lo llevó al poder, el 10 de marzo de 1952, la joven Celia se incorporó a la lucha contra la tiranía, integrándose posteriormente al Movimiento 26 de Julio (M-26-7) y realizando importantes labores desde la clandestinidad.

Ella fue quien coordinó un grupo de apoyo al desembarco del yate Granma entre los campesinos, lo que redundó en un elemento esencial en la supervivencia de Fidel Castro y una parte de sus acompañantes a pesar de los primeros reveses.

Luego cumplió vitales misiones de abastecimiento de la guerrilla y más adelante, muy perseguida ya por las fuerzas de la tiranía, se incorporó a la lucha armada en la Sierra Maestra y allí se convirtió en la primera mujer que ocupara la posición de un soldado en esa contienda.

También tuvo un papel destacado en la creación, el 4 de septiembre de 1958, del pelotón femenino Mariana Grajales, que operaba en la zona de La Plata, Sierra Maestra, como apoyó a la retaguardia guerrillera, demostrando que la mujeres también podían cumplir misiones combativas.

Una vez que triunfó la Revolución cumplió disímiles tareas y militó en las filas del Partido Comunista de Cuba hasta su muerte.

Para muchas personas, Celia vino a ser como una tabla de salvación. Cuando presentaban problemas que parecían insolubles se iban a verla y resolvían sus dificultades. Hasta ahora no se sabe de nadie a quien se negara a recibir y muy pocos a los que no pudo satisfacer, siempre que sus solicitudes se apoyaran en la razón.

Entre las obras quizás más conocidas en su quehacer pueden mencionarse: el impulso que dio a la construcción de un complejo educacional en medio de la serranía oriental, al que se dio el nombre de Ciudad Escolar Camilo Cienfuegos; la construcción del centro recreativo Parque Lenin y la minuciosa recopilación y organización de todos los documentos expedidos durante la etapa de la lucha guerrillera, lo que resulta de gran importancia para la historia de Cuba y posibilitó la creación de la Oficina de Asuntos Históricos del Consejo de Estado en 1964.

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