
La Royal Air Force jugó un papel importante para obstaculizar el desembarco alemán en Inglaterra. (Foto: www.abc.es)
Inglaterra se había quedado sola y con lo que pudo rescatar de las arenas de Dunkerque. Alemania dominaba el continente y sus posibles enemigos (Estados Unidos y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas) eran por un lado neutrales y por otro sino aliados, al menos reticentes a enfrentarse a la poderosa máquina de guerra germana.
Convencido de esto, Hitler no tardó en pensar que, aislada, Gran Bretaña no tardaría en sucumbir. Fue así que comenzó la preparación de la Operación León Marino, con el objetivo primordial de destruir a la fuerza aérea inglesa en el aire e invadir la isla por tierra.
Como parte de la misma tuvo lugar el Día del Águila. El 15 de mayo de 1940 la Fuerza Aérea Alemana (Luftwaffe) lanzó en sucesivas oleadas más de mil bombarderos y 700 cazas contra importantes objetivos militares ingleses, con consecuencias devastadoras para el mando británico, que perdió cientos de aviones destruidos en el suelo y otros más derribados por los cazas alemanes. Diariamente fueron golpeados los aeródromos británicos ocasionando cuantiosas pérdidas sobre todo humanas, ya que el proceso de formación de los pilotos ingleses tomaba más tiempo y no había manera de suplir las bajas.
En agosto de ese mismo año y por un error del alto mando alemán, Londres fue bombardeada. Pese a las disculpas de Alemania (aún no eran tiempos de guerra total y quedaban algunas reglas de honor), el premier inglés Winston Churchill decidió bombardear Berlín para intentar elevar la moral de sus ciudadanos. Hitler mordió el anzuelo y comenzó el Blitz (relámpago), que consistió en el bombardeo constante e indiscriminado a la población civil, ocurriendo así uno de los primeros genocidios de la Segunda Guerra Mundial.
No obstante, y aunque Alemania continuaba mermando la defensa aérea de su rival a costes materiales y humanos irrisorios, aún no lograban hacer desaparecer a la Royal Air Force, que sin dudas seguía siendo competente para obstaculizar el desembarco alemán en Inglaterra. Además, la Royal Navy seguía llevando amplia delantera a la marina alemana en superioridad de efectivos.
Los bombardeos se fueron prolongando y la Luftwaffe desgastándose. La invención del radar y los nuevos cazas Spitfire, más maniobrables que sus homólogos alemanes, contribuyeron a que Alemania comenzara a percatarse de la inutilidad de prolongar el asedio a su irreductible enemigo. Inglaterra se veía inexpugnable tras los blancos acantilados de Dover y ya había más pérdidas que beneficios en las sucesivas misiones de bombardeo.
De ataques que duraban 24 horas se pasó a solo ataques nocturnos, pero con pobres resultados. Sólo conseguían aumentar más la moral de la población. Al mismo tiempo comenzaron a llegar pilotos de todas partes del Imperio Británico para unirse a la lucha contra los alemanes. Canadienses, neozelandeses, australianos, sudafricanos y voluntarios norteamericanos, polacos y franceses esperaban su turno para ocupar un puesto en la defensa del único bastión libre de Europa Occidental.
Así pues, Hitler decidió cancelar la Operación León Marino y dirigir sus fuerzas a ayudar a Italia en la conquista de los Balcanes y Grecia, con un objetivo claro: ocupar posiciones ventajosas para una eventual invasión a la URSS. La Operación Barbarroja estaba por comenzar.
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