
Hace 70 años, la Alemania hitleriana lanzó la Operación Barbarroja, su más ambicioso ataque desde la Batalla de Inglaterra. (Foto: lahistoriadeldia.wordpress.com)
Federico Barbarroja, gran emperador alemán participante en las Cruzadas, fue el elegido para darle nombre al plan de invasión hitleriana a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviética (URSS).
La necesidad de materias primas y el miedo alemán a una invasión por parte de Stalin al comprobar la ineficacia alemana en el intento de doblegar a Inglaterra junto a la urgencia de mayor “espacio vital” para la raza aria precipitó el ataque, que como error fundamental tuvo que dejaba a Hitler atento a dos frentes.
La operación militar terrestre más grande de la historia comenzó el 22 de junio de 1941, a las 3:15 a.m. Más de cuatro millones de soldados y cifras superiores a cuatro mil tanques y la misma cantidad de aviones se pusieron en disposición de penetrar en territorio de la URSS, sin previo aviso ni declaración de guerra. La dirección del golpe principal estaría a cargo del Grupo de Ejércitos Centro, que intentaría tomar Moscú en tiempo récord, mientras las otras fuerzas se dirigían a Leningrado y Stalingrado.
El Ejército Rojo bien poco pudo hacer para frenar el empuje inicial fascista. Mal equipados y con cuadros de mando mermados tras las purgas de finales de los años 30, resistieron heroicamente todo el tiempo que su voluntad les permitió, hasta caer masacrados por fuerzas superiores. Se escribieron grandes páginas de entrega a la Madre Patria, como la defensa de la Fortaleza de Brest o la resistencia de los marineros de Sebastopol.
Kiev, Smolensk, Viazma. Todas arrasadas luego de semanas de defensa ante la guerra relámpago alemana, no tanto por los alemanes como por los ciudadanos soviéticos que, junto al ejército y los guerrilleros aplicaron la política de tierra quemada. No obstante, fueron grandes victorias para el flamante ejército fascista. Pero estos escollos supusieron atrasos. Llegó el otoño y con él la lluvia de la mano del barro que paralizó prácticamente todas las operaciones militares. El avance se hizo lento y tortuoso para el invasor que era hostigado constantemente por la guerrilla.
Luego llegó el invierno. A pesar de los numerosos pedidos de parque y provisiones para el frío, Hitler insistió en que se continuara el avance. Pero la nieve conspiró contra esto y nuevamente, por falta de combustible o por congelamiento del mismo, el avance se detuvo a una distancia que se podían divisar a lo lejos las cúpulas de San Basilio y dicen que la torre del Kremlin. Solo 25 kilómetros separaban a los alemanes de la capital. Y no se avanzó más.
Bajo intenso frío (-50 grados Celsius) y empujados por refuerzos bien avituallados provenientes de Siberia, los alemanes tuvieron que replegarse 200 kilómetros hacia el Oeste, durante la Batalla de Moscú, el hecho que demostraba que la Wehrmacht no era invencible.
Hitler decidió no amilanarse. Puso entonces sus ojos en el norte y el sur. A un lado, Leningrado, donde comenzó un cerco que duraría 900 días y dejaría más de un millón y medio de muertos. Por otro, la ciudad de Stalingrado sobre el Volga, clave para acceder a los campos petrolíferos del Cáucaso.
El avance hacia el sur topó con la resistencia de grandes unidades de infantería del Ejército Rojo, que fueron batidas en la primera Batalla de Járkov, dejando a los nazis a las puertas de Stalingrado. Ahí le dieron a la ciudad de la misma medicina que estaban proporcionando en Leningrado: la Legión Cóndor, que se había hecho famosa por bombardear Guernica en 1937, entro en acción y en solo una semana destruyó cerca del 60 por ciento de las edificaciones y mató a más de 40 mil civiles.
El 14 de septiembre se realizó el primer asalto alemán que desembocó en la llamada guerra de ratas, que consistió en duros combates urbanos, casa a casa, que hicieron inútiles a la artillería pesada y tanques, obligando a las tropas a la lucha cuerpo a cuerpo o a corta distancia. Fallida esta ofensiva y consciente de que el invierno se acercaba, el día 27 se lanzó otro ataque que dejó a los alemanes en poder del 80 por ciento de la ciudad, pero sin fuerzas suficientes para controlarla completa.
Esta situación se mantuvo hasta el 19 de noviembre, cuando los soviéticos lanzaron la Operación Urano y comenzaron a cercar al ejército alemán, aprovechando la debilidad de sus flancos, compuestos por voluntarios extranjeros. Para el día 24, ya era imposible fugarse de la ciudad.
Comenzaron las bajas por hambre, disentería, cólera. Los soldados alemanes, en aquellas condiciones y acosados por los soviéticos y el frío desarrollaron múltiples neurosis y otros desórdenes mentales. El comandante de los ejércitos fascistas, Friedrich Paulus, solicitó al Hitler la oportunidad de rendirse para salvar las vidas de sus soldados. Respuesta negativa.
Hitler prohibió rendirse o retirarse. Hizo a Paulus, Mariscal de Campo, para que llegado el momento se suicidara, ya que ningún mariscal de Alemania se entregaba vivo al enemigo. Paulus declaró que correría la misma suerte que sus soldados y prohibió a sus oficiales quitarse la vida. El 30 de enero de 1943 se rendía el Mariscal, con los 91 mil sobrevivientes.
De esos que quedaron vivos, solo regresaron a Alemania, al término de la guerra, cinco mil. Alemania perdió la iniciativa y debió colocarse a la defensiva por primera vez. La Luftwaffe perdió una notable cantidad de efectivos y el ejército más de medio millón de hombres. Jamás Alemania se podría recuperar de semejante golpe. El viraje de la guerra era inevitable.
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